El flamenco es un arte genuino que nace en las calles, es cultura viva y refleja la evolución del pueblo. La evolución del mismo va más allá del canto y baile, es parte de las costumbres y casi una forma de vida. 

La mezcla de culturas fue el germen perfecto para que el flamenco tuviese forma: fenicia, griega, romana, judía, árabe y gitana. Con un poco de cada una, es normal que sea difícil establecer un punto de partida desde el que poder estudiar los orígenes de este arte. De hecho, poco se conoce de este desde antes de 1860.

Lo que sí parece estar claro, es que nace de las vivencias y sentimientos de las clases más populares, transmitiéndose de generación en generación a través de cantares y limitando su primera expansión a una forma oral, sin instrumentos ni baile.

Para los flamencólogos, esta primera etapa es la más cerrada y la denominan “hermética”, puesto que apenas se cantaba fuera del entorno más familiar y cercano. Más adelante, se empezó a acompañar estos cánticos con algunos instrumentos, como panderetas, castañuelas o palillos.

Es la época del flamenco en los corrales de vecinos, construcciones típicas de Sevilla en las que diferentes familias vivían en casas con habitaciones organizadas alrededor de un patio interno. Estos fueron los primeros escenarios del flamenco más puro, hasta que se trasladó a los cafés cantantes en el siglo XIX.

Entre el XVI y XVII, cuando el repertorio de canciones y sonidos populares españoles empezó a transformarse según las vivencias de la sociedad. Es el momento de esplendor de las jarchas, los canarios, las gallardas, los fandangos y las seguidillas castellanas.

Aquí, las letras empiezan a tomar forma y el flamenco no se queda atrás. La literatura fue y es una de las grandes referencias de este arte, cuyo reflejo se ve en textos de Cervantes, como La Gitanilla o en las Novelas Ejemplares.

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