Dice de sí misma que ella es, como su protagonista, “una chatarrera de la información”. Aunque ya había publicado antes un libro autobiográfico y un volumen académico, fue con su primera novela, Noche y océano (Seix Barral), con la que Raquel Taranilla (Barcelona, 1981) obtuvo el Premio Biblioteca Breve el pasado mes de febrero. Dotada de una voz narrativa original, lúdica y envolvente, que te arrastra como un torrente de palabras, de referencias culturales y de juegos cómplices con el lector, de ella el jurado ya destacó su “humor inteligente y enorme energía expresiva”, de «una calidad fuera de lo común».

Con cientos de referencias culturales, que se van hilvanando con el texto a medida que la trama avanza, reconoce Taranilla que lo suyo ha sido un trabajo de muchos años, de ir poco a poco. «En realidad creo que el libro es un trabajo de artesanía -comparte-. Yo soy una lectora compulsiva y consistía en ir dándole forma a las cosas que me iba encontrando. Casi pegándolas en un collage, como un juego de niños”. En ella, la escritora cuenta la historia de una profesora desencantada con su vida académica que, ironías del momento, ha decidido encerrarse en su casa pero cuando en su vida aparece Quirós, un cineasta que se ha embarcado en una película sobre la estancia del director de cine mudo, F. W. Murnau, en la Polinesia, algo cambia.

Pregunta. Comparte con su protagonista que ambas vienen del mundo académico, si bien su manera de afrontarlo en la narración es con cierto desencanto, ¿coincide con esa visión del panorama universitario?

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Respuesta. Bueno, Bea exagera la forma que yo tengo de entender y de sufrir la vida académica porque lo pasa mal ante la precariedad y ante muchas de las restricciones que nos imponen la vida universitaria, la escritura y el pensamiento universitario o las divisiones del saber por especialidades, que es algo atroz. Eso es difícil de gestionar para alguien como yo que pretende tener una mirada transversal y que en realidad nunca ha estado en la disciplina exacta que estudió porque siempre he estudiado muchas cosas a la vez. Esas dificultades sí que las comparto con ella. Lo que pasa es que yo espero no llevarlas tan lejos, espero tener una existencia más pacífica y más sana.

P. De hecho, ella planea aislarse del mundo durante un tiempo, lo que no deja de resultar irónico en estos días de confinamiento, ¿de dónde surge su deseo?

R. Pues del hastío. Para mí, hay en un momento en el que la universidad española se convierte en un espacio en el que yo no tengo ningún tipo de futuro y entonces me tengo que marchar. Más que con rencor lo vivo con tedio, con una mirada muy perezosa ante un mundo que yo desde muy joven había idolatrado y que de repente se convertía en algo muy detestable. Yo dejé la universidad por algún tiempo, me marché del país, estuve años fuera y llegó un momento en el que pude volver, justamente cuando terminaba este libro.

«Murnau como personaje me parece curioso. Es un extraño objeto en mis manos que me gusta y me repele a partes iguales»

P. En Noche y océano, parte de un proyecto de película que no se llevó a
cabo sobre la estancia de F. W. Murnau en la Polinesia, ¿qué importancia tiene
la figura del director de cine?

R. Igual que me pasa con muchos de los autores del pasado –con las autoras menos– que me fascinan y que al mismo tiempo suponen una interrogación sobre por qué me fascinan, Murnau como personaje me parece curioso. Es un extraño objeto en mis manos que me gusta y me repele a partes iguales y eso me parece muy chulo de sentir porque en realidad es parte de la relación que tengo con muchas cosas. Esa fascinación que no entiendo de forma racional… Es un deseo intelectual que me pone delante de sensaciones íntimas que no me puedo llegar a explicar a mí misma, casi como si me gustasen cosas que no deberían gustarme del todo. Esa sensación extraña la tengo ante Murnau y ante muchos de los personajes, autores o artistas que aparecen en el libro. Lukács es otro.

P. En torno a la figura del director de
cine mudo va creando una red de referencias culturales, ¿está todo conectado
dentro de la cultura? ¿Todo tiene relación?

R. Bueno, el hecho es que, si no la tiene, nuestra mirada o al menos mi mirada sobre el mundo sí que establece enlaces, relaciones… Más que una escritora yo digo en algún momento que soy una gestora de la información y esa gestión, ese establecimiento de grafos, de redes, sí que me parece que es propia de nuestro tiempo. Claro, es que ya no entendemos el mundo si no es a través de esa conexión múltiple y esas redes que son muchas veces más atractivas cuanto más llamativas resultan. Esas mezclas imposibles, ese pastiche se compone de ejes, de la formulación artística que a mí me parece que surge en cuanto salgo a la calle o enciendo el ordenador.

P. ¿Podemos gestionar y procesar bien
toda la información que recibimos hoy?

R. No, estoy segura de que no. En realidad el hastío y el tedio del que mi protagonista habla tiene mucho que ver con haber digerido muy mal una biblioteca que nos proporciona todo el tiempo alimento. Un poco como el pez omega al que Bea alimenta sin control. Estamos muchas veces sin digerir. De ahí el vómito verbal, la verborrea que no lleva a ningún sitio. Ese es el drama de Bea en realidad.

«La tecnología nos ha obligado a leer de otra manera. Estamos manejando informaciones que no están hechas a nuestra escala»

P. El lector está también muy presente en Noche y océano, donde en algún momento escribe que lo ve más como un productor del texto que como mero consumidor, ¿tiene la impresión de que de algún modo hemos perdidos facultades o comprensión lectora?

 R. La verdad es que no lo sé. Nunca me atrevo a hacer este tipo de juicios así tan categóricos. Tener una perspectiva de lo que antes hacíamos y de lo que hacemos ahora… La tecnología nos ha obligado a leer de otra manera y yo creo que lo que pone de relieve es que uno solo ya no es suficiente y que hay una pérdida de la individualidad por la inoperancia ante la información abrumadora que aparece según nos levantamos en la primera pantalla que encendemos. No es que hayamos perdido facultades porque no tengamos interés, o vayamos más rápido, es que estamos manejando informaciones que no están hechas a nuestra escala.

P. Dice que la tecnología nos ha
obligado a leer de otra manera, ¿nos ha obligado a escribir de otra manera
también?

R. Pues al menos en mi caso sí. Estoy segura de que hay autoras y autores que se han conseguido sobreponer al imperativo de la tecnología. Yo no sé escribir sin internet.

P. En Noche y océano, hay un especial interés por saber qué hacían o cómo era la vida de los artistas o escritores que va citando a los 32 años, la edad de su protagonista, ¿qué importancia tienen los 32 y dónde se encontraba usted misma?

R. Fue algo muy accidental. Pensé en 32 porque me pareció una edad buena como cualquier otra dentro de la horquilla que manejaba. Yo a los 32, era el año 2013, vivía en Bruselas y estaba en una crisis personal profunda. Había dejado la universidad hacía seis meses y me había instalado en Bruselas para trabajar con otra beca más en una institución de la Unión Europea. Había terminado la tesis, había hecho infinitas cosas y en realidad estaba viviendo en un lugar muy pequeño con unas perspectivas de trabajo muy negras y empezando a escribir un libro sobre mí.

«Tenemos que apagar un poco las noticias, despegarnos de la actualidad y volver a la ficción»

P. Comentaba antes que es una gran lectora, o al menos una lectora compulsiva, ¿cuáles son las lecturas que más han influido en su texto?

R. Soy una lectora muy capaz para hacer buenas lecturas, eso es como una especie de drama que yo tengo en mi existencia. Siempre he sido la estudiante que quiere ser muy buena estudiante y hacerlo todo según dice el profesor pero que es incapaz de hacerlo perfecto por mucho que se esfuerza. Entonces soy una gran mala lectora. Pero eso me parece positivo. Lukács dice una cosa que me parece muy salvadora para mí que es que las lecturas realmente productivas son las luciferinas, que son las que hacen una mala lectura de los textos porque son las que pueden llegar a aportar algo nuevo que nos lleve a otro sitio por mucho que sea otro sitio mil veces transitado. Soy una mala lectora de muchas cosas. Cuando estaba escribiendo esta novela volvía siempre a las Memorias del subsuelo de Dostoievski. Evidentemente, hay una lectura de Vila-Matas de la que yo no me puedo substraer, yo soy una gran lectora suya. No podría entender mi trabajo sin su existencia en la literatura española que para mí es fundamental. También leo a Bolaño y leo a Foster Wallace infinitamente.

P. ¿Hubo algo que le sorprendiera especialmente mientras escribía y se documentaba?

R. Hay un momento en la novela en la que yo digo que cuando estamos leyendo lo que hacemos es fascinarnos. Y lo que yo hago todo el tiempo es fascinarme ante las cosas de la vida. Los textos son las cosas de la vida también. Hay historias ahí que me parecen brutales. De hecho, una de las cosas que yo les digo permanentemente a mis estudiantes con quienes leo un montón es que no pierdan la inocencia, que no dejen de maravillarse por las cosas que bien pensadas son bien sorprendentes. En ese sentido, el mundo es un lugar maravilloso.

P. Quizás hagan más falta esos mensajes
en días como estos…

R. Hay muchas lecturas que se le pueden dar a Noche y océano, pero una de ellas es que justamente mediante la fabulación más desprejuiciada y más libre podemos oponernos al tedio, que es lo que aporta Quirós a la vida de Bea. Hay una manera muy fea y muy chunga de vivir esto del aislamiento. Y hay una manera generosa con los demás y con uno mismo. Me parece que hay un drama social ahí evidente y que vamos a tener que hacerle frente todos y que vamos a tener que tomar medidas, incluso presionar cuando corresponda, pero a los que tenemos un sueldo garantizado, y yo ahora lo tengo, se nos tiene que exigir un plus de optimismo. Nos han pedido que nos quedemos un mes en casa. Yo viví una enfermedad muy larga que me paralizó completamente y estuve muchos meses metida en un hospital y luego en casa. Viví tres ramadanes cuando vivía en Qatar. Un Ramadán en Qatar es algo bastante parecido a esto. No hay nada abierto, además son 50 grados. En realidad es una oportunidad. No me parece que haya ningún drama ahí. El drama es lo social que tiene mucha gente. El drama es que la enfermedad se va a cebar con países que no están preparados. Quejarse es ombliguismo puro y duro. Hay que poner el hombro porque hay gente que lo va a pasar mal, pero quién no lo vaya a pasar mal, por favor que se calle un poco. Incluso vamos a quedarnos un rato en silencio, por qué no. De todas maneras sí, yo creo que tenemos que apagar un poco las noticias, despegarnos de la actualidad y volver a la ficción.

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