Madrid,

La exhibición con la que Fundación MAPFRE se suma a la conmemoración del centenario de la muerte de Sorolla está dedicada al que fue el eje temático de su pintura: las escenas de playa que llevó a cabo durante sus veranos tanto en el Cantábrico como en el Mediterráneo. Avanzada la década de 1890, tras su estancia en Italia y un primer periodo dedicado a lo costumbrista, el mar acaparó casi toda su atención, como espacio de trabajo para quienes de él vivían y en cuanto a escenario de los aún incipientes veraneos.

Una muestra breve pero selecta, comisariada por Casilda Ybarra, ha reunido cuarenta obras de diversos formatos, en algunos casos apenas expuestas, con el fin de subrayar la modernidad pictórica con la que el valenciano supo envolver el mar y a quienes lo disfrutaban (a través de encuadres, una captación de la naturaleza espontánea, luz que genera volúmenes), compatible con el enraizamiento de esas composiciones en la tradición mediterránea a la que también querrían vincularse, desde sus respectivos lenguajes de vanguardia, autores como Bonnard, Matisse, Signac o Picasso.

Biarritz, San Sebastián o Zarauz se convirtieron en el cambio de siglo en destinos de descanso para los privilegiados europeos, y a estas ciudades acudió también Sorolla con ese fin, conjugando las raíces valencianas de su lenguaje pictórico con una evidente, en algunos casos, apertura al cosmopolitismo, en forma por ejemplo del cariz simbolista de alguna de sus bañistas. Al margen de su gusto personal por el baño y el mar, este tipo de trabajos reportaron al artista popularidad internacional y fortuna expositiva: encontró en ellos oficio, esplendor y también disfrute y reposo. Hemos de entender, igualmente, que en estas composiciones Sorolla no solo representaba una forma de ocio, sino que se convertía en cronista de un tiempo: reflejaba los usos y costumbres de diversas capas sociales en torno a 1900 y la evolución del descanso estival; los baños que inicialmente tenían carácter sobre todo terapéutico acabaron convirtiéndose en un ejercicio de sociabilidad y descanso.

No faltan en la muestra algunos ejemplos de notas de color: él llamaba así a apuntes ejecutados sobre soportes de pequeño formato, en madera o cartón, donde desplegaba composiciones muy libres o ensayaba temas y tonalidades que después llevaría, o no, a los lienzos; los desarrolló más frecuentemente en el norte.

Sorolla. Playa de San Sebastián, 1900. Museo Sorolla
Sorolla. Playa de San Sebastián, 1900. Museo Sorolla

El recorrido de la exposición en la Fundación MAPFRE, temático y cronológico a la par, cuenta con mares tempranos y baños últimos, iniciándose con un estudio de la obra que le proporcionó su primer gran éxito fuera de nuestras fronteras: La vuelta de la pesca (1895). Su elección de un grupo de pescadores regresando de la faena como motivo tiene que ver con la corriente naturalista contemporánea, enfocada en la representación veraz (artística y literaria) de la vida cotidiana, incluyéndose en la pintura la captación igualmente realista de luces y atmósferas.

Pescadoras, marineros, barcas y animales asociados a esa labor continuarían apareciendo en sus siguientes trabajos, como Pescadoras valencianas (1903), composición que responde a la citada idealización del Mediterráneo de la que no renegaron autores contemporáneos de generaciones posteriores a Sorolla, como dijimos: a la Antigüedad clásica aluden el equilibrio y la solemnidad de las figuras, aquí conjugadas con la vitalidad de la luz propia del pintor. Con este mismo tema veremos en la Fundación dos lienzos de 1916: Sacando la barca y Pescadora valenciana con cestos; cuando los llevó a cabo, descansaba del encargo de Huntington para el proyecto Visión de España.

Sorolla. Pescadoras valencianas, 1903. Diputación de Valencia
Sorolla. Pescadoras valencianas, 1903. Diputación de Valencia
Sorolla. Pescadora valenciana con cestos, 1916. Colección Abelló. Imagen: Joaquín Cortés
Sorolla. Pescadora valenciana con cestos, 1916. Colección Abelló. Imagen: Joaquín Cortés

Las escenas en las que el mar no es sinónimo de trabajo sino de esparcimiento comienzan en la exposición con uno de los bocetos más completos que realizó para ¡Triste herencia!, composición que le valió el mayor galardón de la Exposición Universal de París de 1900; esto es, su consagración. Ejecutado un año antes en Valencia, se dedica al baño de niños enfermos del hospicio de San Juan de Dios; el religioso que los atiende aparecerá en la pieza final. Subraya esta imagen la consideración de las mencionadas propiedades terapéuticas del mar, especialmente cuando la industrialización convertía las ciudades en espacios poco saludables, pero también el arranque de la popularización de las costas en verano entre quienes buscaban placidez y aire puro.

Sorolla. Boceto para ¡Triste herencia!, 1899. Colección particular. Archivo BPS
Sorolla. Boceto para ¡Triste herencia!, 1899. Colección particular. Archivo BPS

Entre las pinturas que llevó Sorolla a cabo en sus veranos mediterráneos, marcadas por la transmisión de ligereza y por el sol brillante sobre las aguas, destaca una de las imágenes más originales de esta muestra: Nadadora. Jávea (1905), que pertenece a los fondos del Museo Sorolla. Su probable modelo fue su esposa Clotilde, pero lo realmente significativo de la obra son sus ecos simbolistas, a los que nos referíamos al principio: por su túnica blanca, por el tono amarillo de las aguas en la caída del sol y por la fusión de la mujer y la naturaleza, favorecida por lo fluido de las pinceladas y el protagonismo de las manchas del color frente al dibujo.

En esa misma línea (o falta de ella), y mientras se preparaba para exhibir su producción en Estados Unidos, llevó a cabo en Valencia Niñas en el mar, lienzo en el que las batas claras de las pequeñas contrastan con el azul intenso del agua y la línea del horizonte se evapora al ser contemplada la vista desde un ángulo superior, como ocurriría en una fotografía.

Sorolla. Nadadora, Jávea, 1905. Museo Sorolla
Sorolla. Nadadora, Jávea, 1905. Museo Sorolla

El Cantábrico, por su parte, proporcionó a Sorolla una luz diferente, más suave y también más inestable que la valenciana; también otro tipo de veraneantes a captar: fundamentalmente clases altas, ataviadas con vestidos y sombreros elegantes y entregadas al placer del ocio marino. Su primera parada norteña fue Biarritz: en Bajo el toldo. Biarritz (1906) representó a su mujer y a su hija María a la orilla del mar, con trajes largos, pintando, leyendo o charlando; esto es, en un instante de socialización, más que de contacto directo con la naturaleza.

Sorolla. Bajo el toldo, Biarritz, 1906. Museo Sorolla
Sorolla. Bajo el toldo, Biarritz, 1906. Museo Sorolla

Cuatro años después, captaría de nuevo a María en un paseo igualmente elegante en Zarauz -el mar norteño implicaba un entretenimiento no necesariamente basado en el baño- y, desde 1911 y en sucesivos veranos, llegaría el turno de San Sebastián. Allí, salvo alguna excepción como Paisaje de San Sebastián o La siesta, trabajó sobre todo en pequeños formatos y a modo de descanso mientras se encontraba inmerso en el proyecto de Huntington. Por su carácter abocetado y cercano a la abstracción llamará la atención del público El paseo del rompeolas de San Sebastián en un día de tormenta, con algo de sublime y romántico por más que aquella sea una construcción humana.

Sorolla. María en la playa de Zarauz, 1910. Colección particular
Sorolla. María en la playa de Zarauz, 1910. Colección particular
Sorolla. San Sebastián, 1917-1918. Fundación Museo Sorolla
Sorolla. San Sebastián, 1917-1918. Fundación Museo Sorolla

Su declive físico le obligó a tomarse con calma aquella propuesta americana y, en los veranos de 1915 y 1916, regresó al ocio y la labor bajo el sol valenciano. Cierra la exposición Niños buscando mariscos (1919), un óleo que ideó en Ibiza en el último estío en el que pudo pintar; podemos encontrar en él una síntesis de su visión del Mediterráneo y el sol, por la originalidad del encuadre, el manejo de los reflejos lumínicos, la captación del cuerpo infantil en una posición compleja y la modernidad de esas rocas poderosas.

Sorolla. Niños buscando mariscos, 1919. Colección Banco Santander
Sorolla. Niños buscando mariscos, 1919. Colección Banco Santander

 

 

“Los veranos de Sorolla”

FUNDACIÓN MAPFRE. SALA RECOLETOS

Paseo de Recoletos, 23

Madrid

Del 22 de septiembre de 2023 al 7 de enero de 2024

 

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