Pocas veces en la animación infantil se ha dado un éxito tan merecido como el de ‘Bluey’. Lejos de caer en la repetición constante de otros formatos como ‘Dora la exploradora’ o ‘Teletubbies’, la serie de la familia Heeler se empeña constantemente en romper su propio esquema y dar los regates más inesperados a un público que, a priori, no los necesita para seguir viendo episodio tras episodio. Y ahí está la gracia: en una anarquía argumental que en la temporada 3 ha explotado todas sus posibilidades.

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La sorpresa

Esta tercera temporada no ha sido una al uso, como estamos acostumbrados en la televisión: comenzó en septiembre de 2021 y ha acabado ahora, cuatro años después, con una especie de trilogía con la que ha demostrado que está en plena forma, apta para niños y adultos, entendiendo a sus personajes a la perfección y sabiendo cómo poner tierna a su audiencia guardándose un par de sorpresas bajo la manga.

Y es que, a lo largo de estos cuatro años, lo que empezó como una pequeña serie australiana se ha convertido en una franquicia con todas las de la ley, con licencia de Disney, videojuegos, libros y toda clase de merchandising: ‘Bluey’ está hasta en la sopa, pero eso no ha hecho que haya perdido su ADN. Al contrario: de alguna manera, en lugar de relajarse y dejarse llevar, ha sabido rebelarse contra su condición de serie estrella y desoído lo que el público más conservador le pide, ofreciendo episodios que rompen por completo con su propia fórmula perfecta.

En este temporada 3 de ‘Bluey’ hemos tenido capítulos que rompen con su propia animación, cliffhangers (y, por tanto, continuidad), momentos donde se meten en charcos en los que a ninguna otra serie infantil se le ocurriría meterse (como, por ejemplo, la imposibilidad de quedarse embarazada), guiños para los adultos y una serie de running gags solo aptos para el ojo más experto que inciden en el amor del equipo por su propia serie. Y es que, francamente, ¿cómo no amar ‘Bluey’?

Calentando el corazoncito

Como comenté al hablar de ‘El cartel’, hace ya mucho que ‘Bluey’ dejó de ser una serie para niños que pueden ver los padres para abrazar un nuevo concepto: una serie sobre los desafíos de la paternidad que también pueden ver los niños. Y que siempre, de manera metódica, sabe cómo dar en el corazón en los momentos adecuados. Está en una racha casi perfecta, con episodios que saben bascular a la perfección lo sentimental y la comedia. Y sí, sé que puede verse como raro ser fan siendo mayor de edad y sin niños a tu cargo. Pero es lo que hay… y no estoy solo.

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Es difícil explicar por qué, como adultos, nos gusta tanto una serie que a priori está enfocada al público infantil. Pero ‘Bluey’ tiene algo que le falta a muchísimos productos televisivos de hoy en día: amor por los personajes, humor propio que no trata de beber de nadie y una originalidad inédita que no permite la previsibilidad episódica. Y todo ello envuelto en una inocencia arrebatadora gracias a unos personajes con tantas virtudes como defectos que los responsables no se preocupan en ocultar. Los Heeler son perros, pero al mismo tiempo son más humanos que los personajes de muchas de las series de prestigio «adultas» que nos comemos sin dudar.

Y como ejemplo de esta anarquía argumental en la que no temen ir más allá de lo que un algoritmo debería constreñirles está el final de ‘¡Sorpresa!’, que culmina la temporada 3. Aquí, la serie entra en un nuevo territorio que nos ha dejado a no pocos con la boca abierta. ‘Bluey’, una vez más, huye de la moralina facilona y del atontamiento en que muchas series infantiles caen. La clave es no tratar a los niños no como seres incapaces de entender tramas complejas, sino de tú a tú. Y el resultado no ha podido ser mejor para todos.

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Todo el mundo ama a Bandit

Es posible que hayas llegado aquí preguntándote qué episodios de la temporada deberías ver sí o sí para ver si tanto laurel es por una enajenación mental colectiva o porque realmente hay algo donde rascar. No te preocupes: aquí tienes diez que, de una manera u otra, destacan las mejores cosas de ‘Bluey’. ‘La habitación’, ‘Perfecto’, ‘Teléfonos’, ‘Charla cara a cara’, ‘Cuento de hadas’, ‘Lluvia’, ‘Pijamas’ y la trilogía final (‘El cesto fantasma’, ‘El cartel’ y ‘¡Sorpresa!’) son imaginativos, definitorios, emotivos, graciosos y únicos. Y una manera perfecta de empezar a entender por qué personas adultas estamos enfrascados en una serie aparentemente infantil.

‘Bluey’ no es solo una franquicia, al menos de momento: tiene alma, corazón, ganas de trascender, amor, secundarios de lujo, personajes adorables, sorpresas y, sobre todo, la intencionalidad de ser algo más que un simple sacadinero. Es una auténtica revolución para las edades en las que está recomendada (entre BabyTV y ‘Gravity Falls’ o ‘Phineas y Ferb’), una franja de edad que tradicionalmente las productoras han utilizado para probar suerte con cuatro leccioncitas típicas y personajes repelentes diseñados de maneras abrumadoramente simplonas. Esto es otra cosa. Es una de las mejores series de la década por derecho propio. Y, francamente, ya va siendo hora de reivindicarla como tal sin addendums de ningún tipo.

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