Madrid,
Inéditos es, junto a Generaciones, una de las convocatorias decanas de La Casa Encendida concebidas para el apoyo a jóvenes profesionales del arte, en este caso, comisarios residentes en España y menores de 35 años. Los seleccionados exponen en sus salas proyectos de reciente creación.
Esta iniciativa cumple veintitrés ediciones, convertida ahora en bianual, y La Casa celebrará su cuarto de siglo en 2028; para entonces ha anunciado su director, Pablo Berasategui, exposiciones especiales en torno a esta convocatoria. Entretanto, sus últimos ganadores, Raquel Algaba y Álvaro Talavera, nacidos ambos en 1992, exhiben en La Casa sus propuestas tras ser escogidos por un jurado formado por Violeta Janeiro, Direlia Lazo y Pablo Martínez. Algaba ha partido de la observación de la naturaleza en el contexto de la crisis climática y Talavera propone una revisión crítica del legado español en Filipinas y un estudio de su actual panorama creativo.
La primera muestra lleva por título “Y me convierto en un río, cuya lengua marrón no descansará” e introduce enseguida al espectador en un ecosistema visual peculiar. Atendiendo a nuestra relación hoy mediada con la naturaleza, convergen en esta exhibición, en la sala C, plantas y sistemas técnicos que reclaman la vigencia actual de modos de entender el mundo no antropocéntricos, sino basados en las relaciones entre todos los seres vivos y entre éstos y la tecnología.
Ha contado Algaba con cuatro artistas, comenzando por la danesa Cecilia Fiona, que presenta en Madrid piezas representativas de todos sus lenguajes -la pintura, la escultura y la performance- y también de su interés por ámbitos como la microbiología, la física cuántica, la alquimia o la literatura de Ursula K. Le Guin. Idea Fiona mundos nacidos de la especulación en los que se funden lo humano, lo natural y lo cósmico en un todo continuo y fluido.
Si en su pintura en La Casa, de gran formato, saldrán a nuestro paso ricas formas biomórficas, en sus esculturas se vale de materiales orgánicos como las ramas, las conchas, la pulpa de papel, la piel de conejo o los pigmentos naturales. Lo híbrido define su producción, casi una puesta en cuestión del individualismo contemporáneo.

Leticia Martínez Pérez, por su parte, ha continuado profundizando en las opciones de la unión de lo kitsch y lo noble, lo real y la fantasía; incluso lo femenino y lo monstruoso. Expone una instalación textil planteada como dibujo en el espacio que puede evocar, a un tiempo, un cuerpo, una flor o un insecto.
Para esta autora zaragozana, el arte es fiesta y es escenario: el terreno fructífero donde pulverizar etiquetas y donde discutir el estatus de la misma creación.
A Leonor Serrano Rivas se debe la escultura central de esta muestra-vivero, y justamente está viva en tanto que gotea. Esta artista madrileña, investigadora sobre todo de los métodos de producción y percepción que permiten para el espectador experiencias abiertas a la intuición, idea instalaciones que pueden transformarse en el tiempo y que, a su vez, generan escenografías.
Su trabajo en La Casa, de grandes dimensiones, se asemeja a un gran árbol o fuente inspirado en el llamado llanto de las tipas; así se refieren en Argentina al goteo constante de algunos árboles, que no se debe a la lluvia ni a la condensación, sino a las secreciones que provocan los insectos cuando extraen su savia. Aquí es la tecnología la que mineraliza la materia vegetal mediante la electroformación.

Por último, Lola Zoido ha centrado su trayectoria en el estudio de las intersecciones posibles entre lo físico y lo virtual y de nuestra percepción en una época dominada por las tecnologías digitales: la materialidad y la presencia no son hoy lo que eran.
En sus creaciones en esta exposición deja ver su atención a la imperfección y lo glitch: exhibe piezas de su serie Exuvia, esculturas derivadas de la mutación y de las formas aleatorias o etéreas que los dispositivos digitales escupen de nuestros recuerdos cuando su memoria se acaba. Lo que contemplamos aparece determinado por el funcionamiento de las bases de datos, los sistemas de captura y traducción. Se pregunta Algaba en un texto del catálogo del proyecto, si nuestros ojos, de tanto ver, ya no ven.

En cuanto a Álvaro Talavera, que permaneció dos años residiendo en Filipinas, gracias a una beca artística, y regresó después ya de forma independiente, como comisario, nos enseña “Kumusta na kayo?” (en castellano, cómo estáis ahora), un compendio de trabajos de cinco artistas y colectivos de aquel país -fotografías, vídeos, instalaciones- en los que abordan el pasado y el presente del archipiélago en relación con su pasado español, la vida comunitaria y la gestación de una identidad propia.
Se vertebra, desde el mismo título, un diálogo en el que se invita al espectador a escuchar y se intercala el montaje de piezas de cariz más íntimo y más territorial.
Contemplaremos la reconstrucción, por Leslie de Chavez y población con la que colaboró, de un mapa de las islas atendiendo a problemáticas de memoria e identidad; una videoinstalación y fotografías de Kiri Dalena y Ben Brix que confrontan el pasado y la actualidad de Filipinas; un archivo de Manila en transformación continua por MM Yu, cuyas imágenes no fijan significados, sino que son parte de un proceso; las investigaciones, en forma de cabaña, de Czar Kristoff P., sobre la vivienda tradicional y la precaria en ese país; y una plataforma de net art filipino entendida como karaoke sin fin, obra de Chia Amisola.
En definitiva, plantea Talavera una mirada a Filipinas desde dentro; no una exposición sobre Filipinas, sino desde allí.



“Y me convierto en un río, cuya lengua marrón no descansará”
“Kumusta na kayo?”
Ronda de Valencia, 2
Madrid
Del 16 de mayo al 26 de julio de 2026
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