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Su vida fue muy breve -apenas superó la treintena desde su nacimiento en Dresde, en 1876-, pero Paula Modersohn-Becker tuvo tiempo de convertirse en una de las precursoras más evidentes del expresionismo en Alemania y de merecer un poema de réquiem por parte de Rainer Maria Rilke, que fue un muy cercano amigo suyo.

Aunque los temas que exploró eran característicos de su tiempo (autorretratos en momentos íntimos, sin ninguna autocomplacencia; maternidades, paisajes, bodegones…), su enfoque fue audaz: sus obras destacan por un uso expresivo del color, una extrema sensibilidad y una gran capacidad para capturar la esencia de los sujetos. Varias pinturas suyas, consideradas demasiado vanguardistas, llegaron a formar parte de la exposición de “arte degenerado” organizada por el nazismo en Múnich, en 1937.

Desde sus comienzos, Modersohn-Becker practicó el dibujo con gran rigor. Cuando inició sus estudios en Berlín, en 1896, y durante sus estancias siguientes en la comunidad artística norteña y rural de Worpswede, de la que luego hablaremos, se interesó principalmente por las particularidades de la fisonomía humana, que plasmó con naturalismo y, a menudo, a tamaño natural. Dibujó a modelos de un asilo de pobres —niños, mujeres y ancianos— buscando la objetividad, sin adornos, y a veces exagerando sus rasgos físicos, y su técnica predilecta era el carboncillo, que le permitía definir mejor las superficies y las líneas. Además, se esforzaba en estudiar los contornos para captar la forma con mayor firmeza.

Muchas de sus representaciones figurativas se definen exclusivamente por la línea, lo que la llevó a practicar también el grabado.

Fue en la víspera de Año Nuevo de 1899, a principios de siglo, cuando la artista viajó a su adorado París, donde pasaría varios meses con motivo de la Exposición Universal de 1900. Esa fue su primera estancia en la capital francesa; le seguirían tres más, en 1903, 1905 y 1906-1907.

Descubrió una metrópolis en pleno auge artístico. A su llegada, visitó el Louvre y luego frecuentó el Museo de Artistas Vivos del Palacio de Luxemburgo, los salones y los marchantes de arte. Se matriculó en la innovadora Academia Colarossi de Montparnasse y, acompañada por su amiga Clara Westhoff, escultora, descubrió a Paul Cézanne, a quien consideraba “uno de los tres o cuatro gigantes de la pintura que la impactaron profundamente”. Ese encuentro con la obra del maestro de Aix-en-Provence fue, para Modersohn-Becker, una confirmación inesperada de su propia búsqueda artística. Gracias también a Westhoff, entonces alumna de Auguste Rodin, admiró la obra del creador de El beso durante una importante retrospectiva en la Place de l’Alma; ella admiraba particularmente en él “su desprecio por las convenciones”. Esta crucial experiencia parisina le permitió liberar su pintura de las que entendía como limitaciones del realismo.

Paula Moderson-Becker. Naturaleza muerta con platillo de leche, 1905. Museo Paula Modersohn-Becker, BremenPaula Moderson-Becker. Naturaleza muerta con platillo de leche, 1905. Museo Paula Modersohn-Becker, Bremen

Paula Moderson-Becker. Naturaleza muerta con platillo de leche, 1905. Museo Paula Modersohn-Becker, Bremen

Paula Modersohn-Becker. Clara Rilke-Westhoff, 1905. Hamburger KunsthallePaula Modersohn-Becker. Clara Rilke-Westhoff, 1905. Hamburger Kunsthalle

Paula Modersohn-Becker. Clara Rilke-Westhoff, 1905. Hamburger Kunsthalle

En junio de 1900, sin embargo, la autora regresó a Worpswede, donde ya se había instalado dos años antes. Este pueblo al norte de Bremen albergaba una comunidad de artistas de la que formaban parte Fritz Mackensen, Fritz Overbeck, Hans am Ende, Heinrich Vogeler y Otto Modersohn, que sería su esposo más adelante.

Esos pintores, antiguos alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Düsseldorf, afirmaban su independencia de las academias de arte y, como los artistas de la Escuela de Barbizon, aspiraban a dar a la naturaleza un nuevo lugar pintando directamente del natural, al aire libre. También buscaban transmitir una imagen favorable de la población campesina, a la que valoraban por salvaguardar una autenticidad y una pureza aún inalteradas por la civilización.

Entre 1900 y 1904, Paula retrató a menudo a gentes del lugar inmersas en parajes desolados que reflejan la dureza de sus condiciones de vida. Aunque esta colonia de Worswede influyó inicialmente en la joven en la elección de sus temas, sus exploraciones estilísticas no encontraron allí mayor camino; por tanto, se volvió esencial para ella abrirse a otras fuentes de inspiración y abandonar este entorno artístico aislado.

Como avanzamos, París sería regularmente su escapatoria, pero hubo motivos que no cambiaron; uno de ellos los niños, su tema predilecto. Regresó a ellos a lo largo de su carrera y los retrató en diferentes edades; aunque en sus primeros trabajos se interesaba principalmente por su apariencia física, a veces atípica, a partir de 1900 buscó transmitir su estado psicológico, a menudo resultado del aislamiento, como ocurre con algunos niños enfermos o aquellos que crecen en un entorno adulto.

Estaba Modersohn fascinada por la sencillez e intensidad de la visión del mundo de estos pequeños; observó con asombro que “el alma de un niño pequeño puede captar algo y quedar íntimamente impregnada de ello, entregándose por completo a la impresión en su inconsciencia”. La mayor parte del tiempo, pintaba niños en apacibles entornos naturales, con los que parecían estar en armonía y que, casi siempre, aparecían pasivos e inmóviles. Las composiciones de perfil, que separan claramente los contornos del modelo del fondo, recuerdan a los retratos de busto del Renacimiento florentino.

Con expresiones serias y la cabeza a menudo inclinada, los niños pintados por la alemana no expresan la ingenuidad despreocupada que suele atribuirse a esta etapa de la vida. Son silenciosos, melancólicos y graves, posando sobre un fondo neutro y sus ojos bien abiertos, o incluso sin pupilas, se reducen a un círculo oscuro y uniforme que intensifica la mirada a la vez que impide que el espectador establezca contacto directo con el modelo. Así, estos niños parecen eludirnos, y resulta difícil comprender sus sentimientos o definir su clase social.

La poesía de Hugo von Hofmannsthal y de su amigo Rilke, que inspiró a Modersohn-Becker, también describe la profunda manera en que los niños perciben su entorno: Los niños ven la naturaleza de una forma muy diferente […]: se conectan con ella mediante una especie de empatía, decía el autor de Cartas a un joven poeta.

Paula Modersohn-Becker. Niña desnuda con una cigüeña, 1906. Colección particularPaula Modersohn-Becker. Niña desnuda con una cigüeña, 1906. Colección particular

Paula Modersohn-Becker. Niña desnuda con una cigüeña, 1906. Colección particular

El encuentro entre la artista y el literato, por cierto, se cuenta entre las grandes amistades entre artistas del siglo XX. Su intenso intercambio de ideas y sentimientos, evidente en la correspondencia sincera que mantuvieron, influyó en la poesía de Rilke y ayudó a la pintora alemana a encontrar su camino artístico.

Ambos se conocieron en agosto de 1900 en Worpswede, donde Rilke había ido a compartir la vida del círculo de artistas que se había instalado allí. En 1901, él se casó con la escultora Clara Westhoff, la mejor amiga de Paula, quien el mismo año contrajo matrimonio con el mencionado Otto Modersohn.

Sus nuevas vidas de casados ​​y la complejidad de su propia relación distanciaron a Modersohn-Becker y a Rilke. No fue hasta la primavera de 1906, cuando Paula dejó a su marido y se marchó a París, cuando reavivaron su antigua amistad. Durante esa nueva estancia francesa, pintó Paula un singular retrato suyo, tras el que Rilke la reconoció como una artista de gran relevancia. Sin embargo, él nunca la defendió públicamente, a diferencia de Otto, Heinrich Vogeler y Bernhard Hoetger, quienes fueron de los primeros en ensalzar su obra.

El diálogo escrito y poético entre ambos terminó en 1907, poco antes de la muerte de la pintora, días después de un parto difícil. Del 31 de octubre al 2 de noviembre de 1908, el poeta escribió aquel Réquiem, testimonio de un amor retrospectivo que lo conmovió y lo atormentó.

El último año de su trayectoria fue el más productivo de la carrera de Modersohn, pese a la incomprensión general que suscitó su divorcio. Llevó a cabo más de veinte autorretratos que se convirtieron para ella en un medio de introspección y en el escenario de sus experimentos formales y estilísticos más creativos. Su presentación frontal, su encuadre ajustado, así como la intensidad de la mirada, atraen necesariamente al espectador.

Hay quien dice que, por su tratamiento multifacético de las sombras, llegó a adelantarse a la multiplicación de planos del cubismo, que germinó meses después de su muerte.

Paula Modersohn-Becker. Autorretrato frente a un fondo verde con iris azul, 1900-1907. Galería de Arte de BremenPaula Modersohn-Becker. Autorretrato frente a un fondo verde con iris azul, 1900-1907. Galería de Arte de Bremen

Paula Modersohn-Becker. Autorretrato frente a un fondo verde con iris azul, 1900-1907. Galería de Arte de Bremen

 

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