Cuando una Charlotte Perriand de tan solo veinticuatro años entró en el estudio de Le Corbusier, en el número 35 de la rue de Sèvres de París, en 1927, y le pidió que la contratara como diseñadora de muebles, la respuesta del arquitecto fue tajante: Aquí no bordamos cojines. Unos meses después, se disculpó y, tras ser conducido por su primo Pierre Jeanneret a contemplar el gélido Bar sous le Toît, el suizo la invitó a unirse a su equipo.
Trabajando en su taller, Perriand se veía obligada a envolverse las piernas con periódicos en invierno, en un intento desesperado por no congelarse. Pero también entabló amistad con jóvenes arquitectos y diseñadores con talento de todo el mundo que, como ella, habían aprovechado la oportunidad de trabajar para Le Corbusier como asistentes no remunerados o, si tenían mucha suerte, mal pagados.
Junto con Le Corbusier y Pierre Jeanneret, desarrolló una serie de sillas de acero tubular, que entonces —y aún hoy— son consideradas iconos de la era de la máquina. Siguen siendo su obra más conocida; sin embargo, Perriand permaneció en el estudio de Le Corbusier durante más de una década y colaboró allí con el artista cubista Fernand Léger y el diseñador de muebles Jean Prouvé. Continuó, de hecho, siendo una figura influyente en el movimiento moderno hasta su muerte en 1999, cuando fue aclamada como una de las pocas mujeres que triunfaron en ese ámbito entonces predominantemente masculino.
Nacida en 1903, Perriand pasó su infancia entre París, donde su padre trabajaba como sastre y su madre como modista de alta costura, y la casa de sus abuelos en la región de Saboya. En 1920, se matriculó en la École de l’Union Centrale des Arts Décoratifs, donde se formó durante cinco años. Frustrada por el enfoque artesanal y el estilo Beaux-Arts que promovía este centro, buscó inspiración en la estética mecánica de los automóviles y bicicletas que veía por las calles de la capital francesa.

Charlotte Perriand junto a Alfred Roth en su apartamento de Saint-Sulpice. París, 1928

Recreación del apartamento de Charlotte Perriand en Saint-Sulpice. Design Museum, Londres, 2021
Un año después de graduarse, se casó y se mudó con su esposo a una buhardilla alquilada en la Place Saint-Sulpice. Tras reformar completamente el apartamento, transformó la habitación más grande en un bar de metal y cristal, en lugar de un salón convencional. Decidida a evitar trabajar para uno de los fabricantes de muebles artesanales de Faubourg Saint-Antoine, pero desesperada por encontrar una forma más amable de ganarse la vida en el diseño de muebles, consideró estudiar agricultura, hasta que una amiga le sugirió que leyera dos libros de Le Corbusier: Vers une Architecture (1923) y L’Art Décoratif d’Aujourd’hui (1925). Inspirada por estos tomos y por su amiga, Perriand consiguió reunirse, como dijimos, con su autor para convencerlo de que la contratara y, una vez empleada en el estudio de la rue de Sèvres, perfeccionó la estética de su Bar sous le Toît transformándolo en mobiliario.
Antes de la llegada de Perriand, Le Corbusier había amueblado sus escenarios y edificios con muebles prefabricados cuidadosamente seleccionados, como las sencillas sillas de madera curvada fabricadas por la empresa austriaca Thonet y las versiones compactas de los sillones club de Maple & Co., de Londres. No obstante, en El arte decorativo de hoy especificó con exactitud lo que esperaba de este área, identificando tres tipos clave de mobiliario: necesidades, muebles y objetos miembros humanos; definió estos últimos como extensiones de nuestros miembros adaptadas a las funciones humanas, que son necesidades y funciones específicas; por lo tanto, objetos y muebles específicos. En sus palabras, el objeto miembro humano es un sirviente dócil. Un buen sirviente es discreto y humilde para dejar libre a su amo. Ciertamente, las obras de arte son herramientas, hermosas herramientas.
Perriand puso en práctica esos principios de su mentor diseñando tres sillas con bases de acero tubular cromado para dos de sus proyectos de 1928: la Maison La Roche, una casa que diseñaba en París, y un pabellón para sus clientes estadounidenses Henry y Barbara Church, en el jardín de su casa a las afueras de la misma ciudad. A petición de Le Corbusier, ideó una silla para la conversación, la silla B301 con respaldo de tela; otra para la relajación, la LC2 Grand Confort, de forma cuadrada y tapizada con tela gruesa; y una tercera para dormir, la elegante chaise longue B306, planteada a partir de las sensuales curvas de los divanes franceses del siglo XVIII. Perriand posó para las fotos publicitarias de aquella chaise longue con las piernas cruzadas y un traje de esquí, en una imagen bien extendida. Llevaba, además, un collar hecho con rodamientos industriales.

Charlotte Perriand, en la chaise longue basculante, que codiseñó con Le Corbusier. | FLC / AChP
Trabajar con Le Corbusier inculcó en Perriand una estricta disciplina como diseñadora: Hasta el más mínimo trazo de lápiz en un diseño debía tener un objetivo -recordó más tarde- para satisfacer una necesidad, o responder a un gesto o postura, y lograrse su objeto a precios de producción en masa. Con ese fin, intentó persuadir a la empresa francesa Peugeot para que adaptara los tubos de acero utilizados en sus bicicletas para la fabricación de muebles; cuando esa firma se negó, convenció a Thonet, fabricante de las sillas de madera curvada favoritas de Le Corbusier, para que produjera una serie de piezas para el Salón de Otoño de París de 1929.
Presentada como Equipamiento para el hogar, su instalación en aquella cita consistía en un apartamento modelo considerado una visión de la modernidad de lujo. El suelo de cristal estaba iluminado desde abajo para refractar la luz sobre el techo de cristal, todas las sillas tenían bases metálicas con tapicería de cuero o lona y una mesa tubular con tapa de cristal se sostenía mediante una sección de los puntales de un ala de biplano. Perriand también diseñó una serie de biombos ligeros y portátiles que cumplían la doble función de dividir el espacio y servir de almacenamiento y se añadieron detalles hogareños, como una piel de animal sobre la cama y una ducha independiente.
En 1930, el matrimonio de Perriand terminó y se mudó a otro ático, esta vez en el barrio de Montparnasse, donde salía por la ventana del baño para hacer gimnasia en la azotea. Acompañada por amigos y colegas del estudio de Le Corbusier, realizaba viajes al campo para esquiar, escalar, nadar y hacer senderismo, y también viajaba a Moscú y Atenas para asistir a los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM), donde se reunía con otros arquitectos modernistas. Durante esta década, diseñó muebles y accesorios para diversos proyectos de Le Corbusier, incluyendo la residencia estudiantil Pavilion Suisse en la Cité Universitaire, la sede del Ejército de Salvación en París y su propio apartamento en la azotea de un edificio en la rue Nungesser-et-Coli.
Su obra continuó evolucionando y, a mediados de la década de los treinta, experimentaba con materiales rústicos, como la madera y el mimbre, bajo la influencia del mobiliario vernáculo de Saboya. Para entonces, estos materiales parecían tan extravagantes y radicales como su temprana preferencia por el vidrio y el metal, pero Perriand estaba convencida de que le permitirían lograr su objetivo de desarrollar muebles asequibles, funcionales y atractivos, producidos en masa para el público.
Fue en 1937 cuando Perriand dejó el estudio de Le Corbusier para colaborar con Fernand Léger en un stand para la Exposición Universal de París y, posteriormente, trabajar en una estación de esquí en Saboya. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, regresó a París para diseñar edificios prefabricados de aluminio con Pierre Jeanneret y Jean Prouvé hasta que, en 1940, una amiga del estudio de la rue de Sèvres le consiguió un viaje a Japón como asesora oficial de diseño industrial del Ministerio de Comercio e Industria. Durante su estancia en ese país, asesoró al gobierno sobre cómo elevar los estándares de diseño en la industria nipona para desarrollar productos de exportación a Occidente.
Cuando Japón se unió a la guerra como aliado de Alemania, intentó regresar a Francia, pero debido al bloqueo naval, quedó atrapada en Vietnam desde 1942 hasta 1946. Durante este periodo, estudió técnicas locales de carpintería y tejido y contrajo matrimonio con su segundo esposo, Jacques Martin, con quien tuvo una hija, Pernette.

Fernand Léger y Charlotte Perriand. Joies essentielles, plaisirs nouveaux. Pavillon de l’Agriculture, Paris, Exposition Internationale, 1937. Museo Reina Sofía
A su regreso a Francia, retomó su carrera. Su primer proyecto fue una estación de esquí, en 1947 colaboró con Fernand Léger en un hospital y, posteriormente, con Le Corbusier en su edificio de apartamentos Unité d’Habitation en Marsella. Las experiencias en Japón y Vietnam siguieron influyendo en su obra, que combinaba muchos de los elementos funcionales de los interiores japoneses, como las mamparas correderas para redefinir espacios específicos, con la delicadeza indochina en el trabajo con materiales naturales, como la madera y el bambú. Estas notas se repitieron a lo largo de su carrera en iniciativas como la estación de esquí de Méribel y el edificio de la Sociedad de Naciones en Ginebra, la remodelación de las oficinas de Air France en Londres, París y Tokio o su colaboración continua con Jean Prouvé.
Aunque Perriand siguió activa, su presencia como diseñadora independiente fue públicamente menor que la de su participación en el estudio de Le Corbusier. Sin embargo, hacia el final de su vida -murió en 1999-, su reputación resurgió tras la retrospectiva de 1985 que le brindó el Musée des Arts-Décoratifs de París y su exposición de 1998 en el Design Museum.
Lo más importante es comprender que lo que impulsa el movimiento moderno es un espíritu de investigación, un proceso de análisis, no un estilo, afirmó en una de sus últimas entrevistas. Trabajábamos con ideales.

Charlotte Perriand. Double chaise longue, 1952. Cassina

Le Corbusier, Pierre Jeanneret y Charlotte Perriand. Casiers Standard
