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 Por Geraldine Jara, directora de la carrera de
Educación Parvularia UNAB.

Cada fin de semana Muchas familias repiten el mismo
pequeño ritual: ¿Pensar en qué hacer juntos? Era el cine. Salir a comer. Pasear
por el mall. Casi siempre pensando en los más pequeños, suele aparecer la
juguetería. Lo que hará desaparece, aunque debería, es una librería o una
biblioteca.

Sin embargo, enseñar que los espacios de libros
también son un panorama, es una de esas decisiones educativas silenciosas que
pueden marcar la vida cultural de un niño y una niña. Pues no nacen pensando
que un libro es fascinante, lo aprenden.

Ocurre cuando ven a un adulto abrir un libro con
curiosidad, cuando escuchan una historia en voz alta, Cuando reciben un libro
envuelto como regalo importante. Y también lo aprenden cuando descubren que
entrar a un lugar lleno de libros puede ser tan emocionante como entrar a una
juguetería.

Hay algo casi mágico en ese momento, caminar entre las
estanterías, sacar un libro, hojearlo lentamente, mirar las ilustraciones, elegir
otro. Para un niño y una niña ese gesto puede ser tan exploratorio como elegir
un juguete.

 Un libro
también es un objeto de juego, propone mundos, personajes, preguntas,
misterios. La diferencia es que ese juego ocurre en la imaginación, Posterior
amiga de la creatividad.

Por eso, cuando las familias incorporan los espacios
culturales de lectura como parte de los panoramas de fin de semana están
enseñando algo más profundo que la lectura, están transmitiendo una relación
cultural con los libros, están diciendo sin decirlo, aquí hay algo valioso. 

Los
niños están mirando e imitando constantemente a sus padres, lo que ellos no
valoran, ellos tampoco lo harán.

La buena noticia es que en Chile existen cada vez más
espacios culturales gratuitos donde los niños pueden encontrarse con los libros
desde muy pequeños. En Santiago, por ejemplo, la Biblioteca de Santiago se ha
convertido en uno de los lugares más fascinantes para niños y niñas.

Allí funciona la conocida Guaguateca de la Biblioteca
de Santiago, un espacio especialmente diseñado para bebés y primera infancia,
donde los más pequeños pueden explorar libros, texturas e imágenes en un
ambiente pensado para el juego y el descubrimiento temprano de la lectura. 

También está la biblioteca del Centro Cultural
Gabriela Mistral GAM, en pleno centro de la ciudad, un lugar abierto donde las
familias pueden sentarse a leer, recorrer exposiciones o participar en
actividades culturales.

Otro espacio relevante es la BILIJ – Biblioteca
Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil, un proyecto cultural dedicado
especialmente a acercar la literatura infantil y juvenil a niños, niñas y
jóvenes, con una mirada latinoamericana y comunitaria.

Fuera de Santiago también existen iniciativas
inspiradoras. En el sur, el Centro Lector de Osorno se ha convertido en un
espacio dedicado a promover la lectura en la comunidad, con actividades para
niños, mediadores y familias que buscan acercarse a los libros desde la
experiencia y el encuentro.

En la región de Valparaíso, el Parque Cultural de
Valparaíso organiza con frecuencia actividades gratuitas de lectura y cultura
para niños y jóvenes. Y más al sur, la Biblioteca Regional de Los Lagos es un
ejemplo de cómo una biblioteca pública puede transformarse en un verdadero
centro de encuentro familiar.

Todos estos lugares comparten una idea fundamental:
los libros no son solo material escolar. Son objetos culturales que pueden
habitar la vida cotidiana de las familias. No les dejemos la tarea solo a la
escuela y al jardín infantil.

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