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 Para Fernando, formado como
diseñador teatral, el ingreso formal al cine ocurrió como un cruce imprevisto
de caminos cuando se desempeñaba en la dirección de arte de la
docuficción Ciudadano K (Chilevisión), dirigida por Francisco Hervé. 

Fue
ahí donde se conocieron con Pancho, en un momento marcado por una encrucijada
vocacional que lo llevaría a volcarse de lleno a la creación melódica,
convirtiéndose en un prolífico músico de teatro y cine.

Fernando y Pancho dieron sus
primeros pasos juntos con El Poder De La Palabra (Dirección de
Francisco Hervé, 2009), un debut que significó para el artista un verdadero
salto al vacío tecnológico y estilístico. “Pancho me hizo la invitación para
musicalizar una idea que tampoco él, yo creo, tenía muy definida (…) yo estaba
recién aprendiendo a usar programas para grabar, para producir, para mezclar,
como en una etapa muy, muy, muy de aprendiz”, confiesa Milagros.

Bajo la petición de buscar una
estética desprolija y de baja fidelidad (lo-fi), el músico diseñó texturas
crudas que dialogaran con el entorno de los vendedores ambulantes del Santiago
de inicios de los 2000. “Tenía que ver con esta cosa como desarreglada, harta
guitarra como de nylon y ese efecto de la música que puede sonar arriba de una
micro”, recuerda.

Posteriormente llegó el turno
de Hija (dirigida por María Paz González), un viaje íntimo en clave
de road movie que demandó un enfoque instrumental más clásico y
evocador. Inspirado en la ingenuidad y la melancolía, estructuró la composición
en torno a variaciones de teclados eléctricos: “Era como
un leitmotiv que se repetía e iba cambiando así… en plan muy de un
poquito más de teclados, de Rhodes, como una cosa media quizá media ochentera,
como un clásico así medio antiguo”.

El desafío más abstracto y
atmosférico se consolidó en La Ciudad Perdida (Dirección de Francisco
Hervé, 2016), un largometraje documental que experimentó múltiples mutaciones
en la sala de montaje antes de ver la luz. Para retratar la progresiva obsesión
del protagonista en su búsqueda de la mítica Ciudad de los Césares, Milagros
ideó un tratamiento gélido y minimalista junto al pianista Marcelo Wilson.

“Había que hacer algo mucho
más frío, mucho más dramático también, como un poco para reforzar esta idea que
tenía el documental sobre este personaje misterioso que se vuelve un poquito
loco”, explica. “Yo preparaba algunos pasajes muy atmosféricos, con capas, con
mucha reverb, con mucho espacio, casi como una cosa tonal, entonces el
Marcelo improvisaba en el piano, después le sacaba el 80% de lo que hacía
Marcelo. 

Entonces quedaban como unas notas suspendidas en el aire y eso lo
volvía a procesar… se convirtió en esta partitura como desmembrada de piano
dentro de una atmósfera súper gélida, como si fueran témpanos de hielo”,
detalla Fernando.

Tras consolidar su carrera
solista a partir de fines de 2011 con el lanzamiento de su disco Milagros,
Fernando define el atractivo de componer para cine desde la herencia de su
formación en el diseño de vanguardia.

“Siento que la mayor
diferencia y la mayor gracia de esto es que cuando hago música para mí tengo el
campo súper abierto y es mucho más íntimo, yo soy el jefe, estoy a mi servicio.
En cambio cuando estoy produciendo música para otros, ya sea para una historia
o un director, estoy al servicio de ellos. Y me acomoda mucho ese puesto, yo
creo que es porque tengo formación en el diseño y el diseño es siempre estar al
servicio de”, analiza el autor, quien recientemente compuso una pieza
fundamental para la serie recientemente estrenada: La Casa De Los
Espíritus.

Al mirar en retrospectiva las
tres producciones de JUNTOS en las que participó, Milagros identifica un cordón
conceptual que unifica las búsquedas de la productora: “Lo que veo en esos tres
proyectos es la inquietud por intentar mostrar el delirio o la pasión o lo que
mueve a un ser humano, a un personaje. ¿Por qué hace lo que hace? Este motor
como de búsqueda, siempre está presente”, concluye.

Para Fernando Milagros, la
memoria de aquellos años fundacionales se resume en un proceso de crecimiento
compartido junto a Pancho Hervé: “Fue como un ensayo y error con él.

 Porque yo sentía que él no tenía nada muy definido cuando me pedía lo que me
pedía y yo tampoco tenía muy claro lo que quería ofrecer. Fue como un baby
steps de ambos, ir descubriendo lo que necesitábamos cada uno, e ir
descubriendo la película también a medida que íbamos haciendo”.

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