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El año pasado se cumplió un siglo desde el fallecimiento de Christian Krohg,  pintor, intelectual comprometido y periodista, una figura central en la escena artística noruega a principios del siglo XX.

Bajo la influencia del naturalismo escandinavo, sobre todo del dramaturgo Henrik Ibsen, plasmó en su producción los principales debates sociales de su tiempo; de hecho, sus pinturas rinden homenaje a los más vulnerables: desde pescadores que luchan contra las inclemencias del tiempo hasta los pobres que pululan por las grandes ciudades y las prostitutas. A estas últimas dedicó, precisamente, su obra maestra, Albertine, en la que fusionó arte y literatura como en no demasiadas ocasiones ha ocurrido en la creación contemporánea.

La empatía que sentía por sus personajes fue el vehículo que eligió para llegar al público más amplio posible: estaba convencido de que había de conmoverlo a través del contenido y de la forma. Cosmopolita de espíritu, estudió en Alemania, vivió en París en varias ocasiones, viajó constantemente y se convirtió en uno de los pintores más destacados de la colonia de artistas de Skagen, en Dinamarca. Admirador de los realistas, de los impresionistas y Manet, encarnó plenamente las diversas pero confluyentes tendencias pictóricas de su época.

De Gustave Courbet tomó su inspiración social y, del autor de Desayuno sobre la hierba, técnicas pictóricas para involucrar físicamente al espectador en la pintura, entre ellas las figuras de espaldas al espectador en primer plano, las absortas en su tarea o las miradas directas hacia el espectador.

Pero lo que Krohg adoptó especialmente de Manet y de los impresionistas, también de Gustave Caillebotte, fueron las composiciones audaces que creaban la ilusión de fragmentos de vida capturados al azar. Incluso convirtió ese espíritu en su lema: Todo es cuestión de encuadre. Según él, la imagen no debía construirse sólo en términos de perspectiva: sentado frente a sus modelos, los plasmaba con una intensa intimidad, como veremos sobre todo en sus pinturas de marineros, en las que prescindió del paisaje en favor de primeros planos de la acción.

Christian Krohg. La barra de sotavento, 1882. Museo Nacional de Oslo

Christian Krohg. La barra de sotavento, 1882. Museo Nacional de Oslo

Christian Krohg. Un hombre en el mar, 1906.  Museo Nacional de Oslo

Christian Krohg. Un hombre en el mar, 1906. Museo Nacional de Oslo

Tras regresar desde Francia a Noruega en 1882, Krohg se convirtió en una de las figuras más destacadas del llamado Bohème de Kristiania, un pequeño círculo de artistas, intelectuales y estudiantes —entre ellos, los pintores Edvard Munch y Oda Krohg (de soltera Lasson) y el escritor Hans Jaeger— que sacudió la capital noruega entonces con su estilo de vida poco convencional y sus ideas radicales.

Entre sus faros se encontraron el crítico danés Georg Brandes, a quien Krohg describió como una de las “pocas luces que lo guiaron en su vida”, y el dramaturgo ya citado Henrik Ibsen; ambos suscitaron numerosos debates sociales, a veces de alcance europeo, sobre la pobreza urbana, la prostitución, los derechos de la mujer o la religión. Krohg, como pintor, escritor y periodista, formó parte de este movimiento que se ha equiparado a un naturalismo escandinavo; su ambición era producir arte que pudiera desempeñar un rol en el progreso social y ofrecer una imagen realista de su tiempo, especialmente a través de sus numerosos retratos de figuras prominentes de la vida cultural escandinava. Se ha dicho que esta generación presentía que algo andaba mal en la gran maquinaria de la existencia, y que amenazaba con colapsar, como ocurriría en la I Guerra Mundial.

En sus escritos y conferencias, Krohg explica que el arte debe desempeñar un papel social, dirigiéndose a un público amplio y abordando problemáticas colectivas. Sus composiciones directamente relacionadas con el arte social son escasas, pero tuvieron un impacto considerable en la sociedad noruega; una de ellas es Albertine, tanto la pintura como la novela también suya, que fue prohibida y confiscada por la policía al día siguiente de su publicación en 1886, po0r atentado a al pública.

Lejos de cualquier idealización, estas imágenes sociales están dominadas por un severo pesimismo típico del naturalismo literario. Krohg explora cómo la pobreza extrema engendra prostitución, alcoholismo, enfermedad o muerte, reduciendo algunas vidas a la lucha por la existencia, parafraseando a su contemporáneo Charles Darwin. Éste es, precisamente, el título de la última gran pintura naturalista de Krohg: La lucha por la existencia, una conmovedora observación de una sociedad incapaz de ayudar a sus miembros más vulnerables.

Ya señalaba este autor: Debes pintar de tal manera que conmuevas, escandalices o deleites al público con aquello que a ti mismo te ha deleitado, conmovido, escandalizado o conmovido.

Debes pintar de tal manera que conmuevas, escandalices o deleites al público con aquello que a ti mismo te ha deleitado, conmovido, escandalizado o conmovido.

Albertine novela, por cierto, narra la historia de una joven pobre que, ebria, es violada por un policía y luego citada a la comisaría para un examen ginecológico, entonces obligatorio para las prostitutas, con el fin de prevenir la propagación de enfermedades de transmisión sexual. Estas experiencias la destrozan y la sumen en la prostitución, ilustrando un implacable determinismo social. Lo que Krohg denuncia es el trato injusto que estas mujeres recibían de las autoridades noruegas, privadas de su libertad y sin leyes que las protejan.

Tras la confiscación de esta obra, la controversia se intensificó en Noruega, alimentada por miles de ciudadanos que defendían la libertad de expresión. En su defensa, Krohg afirmó que su historia está inspirada en un relato real que le contó una de sus modelos. Indignado, sintió que era su deber gritarlo al mundo, para que todos lo oyeran. También se inspiró en ella para su gran cuadro, un retrato de Albertine en la sala de espera del médico de policía.

Christian Krohg. Albertine en la sala de espera del médico de la policía, 1880. Galería Nacional de Noruega

Christian Krohg. Albertine en la sala de espera del médico de la policía, 1880. Galería Nacional de Noruega

Cuando Krohg descubrió Skagen, en el norte de Dinamarca, en 1879, fueron sus habitantes quienes lo cautivaron, incluso más que su singular naturaleza y la luz. La familia Gaihede, tres generaciones de pescadores que vivían bajo el mismo techo, se convirtió en el tema principal de sus obras. Rara vez los pintaba trabajando: prefería representarlos en casa, cuidándose unos a otros, unidos por tiernas relaciones.

Poco después Oda Lasson y Christian Krohg contrajeron matrimonio y establecieron su propio hogar a finales de la década de 1880; su pintura se vio entonces mutuamente influenciada. Oda retrató a Krohg como un padre amoroso, la antítesis de la figura autoritaria y despótica contra la que luchaba Bohemia, y Krohg pintó a Oda como una madre cariñosa en momentos de gran intimidad —lactancia, lectura antes de dormir—. La antítesis de su escandalosa reputación.

Todas estas escenas, en el fondo, forman parte del legado social más amplio de Krohg: reflejan el ideal de una sociedad capaz de cuidar a sus miembros más vulnerables y la fuerza de los lazos familiares. Fuese retratando la sencilla vida cotidiana de los habitantes de Skagen en Dinamarca o la de su propia familia, sus lienzos revelan el interés del artista por la esfera íntima. Sus obras, que resaltan el cariño que los miembros de una familia pueden demostrarse mutuamente, dan testimonio de una profunda humanidad. Al situar la compasión en el centro de sus composiciones, logró captar la atención del espectador para cumplir su ideal: trabajar por el progreso humano.

Christian Krohg. Oda Krohg, 1886. Galería Nacional de Oslo

Christian Krohg. Oda Krohg, 1886. Galería Nacional de Oslo

Christian Krohg. Peinando su cabello, 1888. Museo Nacional de Oslo

 

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