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El próximo noviembre se cumplirá un lustro desde la muerte de Carmen Laffón, la artista sevillana que hizo de los objetos más cotidianos, tan útiles como hoy desusados, y de los paisajes que para ella fueron igualmente cercanos, el eje de pinturas emotivas, casi siempre suaves en su paleta, de atmósferas íntimas y silenciosas -en su producción de madurez rara vez aparece la figura humana, y cuando la encontremos se tratará, en la mayoría de los casos, de niños durmientes-.

La primera gran monográfica desde su fallecimiento, y también su primera retrospectiva desde la que en 1992 le brindó el Museo Reina Sofía, puede visitarse desde mañana en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. La ha comisariado Paula Luengo y, si aquella primera cita en el MNCARS compendiaba su obra hasta entonces, la que ahora se abre presta atención sobre todo a sus últimas dos décadas de andadura, aunque la conjuga con pinturas anteriores.

En esas telas posteriores a 1992, que para Guillermo Solana supuso un punto de inflexión en su carrera, conservó Laffón su intimismo lírico y su amor por los interiores y enseres más próximos, pero desarrolló el afán de ir más allá: fue entonces cuando llevó a cabo sus paisajes del Bajo Guadalquivir en gran formato, marcados por una articulación cromática de aire rothkiano y por una mayor intensidad, en ocasiones, en esas tonalidades. Continuó, asimismo, esculpiendo, pero desde una mayor ambición en la escala y los materiales de sus piezas; siempre permaneció Laffón atenta al devenir internacional de esas disciplinas, desde el minimalismo en adelante.

Un mecanismo de trabajo que ni antes ni después de aquel año abandonó fue el de la creación en serie, plenamente característico de la modernidad pictórica y que implicará el desplazamiento casi definitivo del concepto de obra maestra única, singular y fruto de numerosos ensayos previos orientados a su consecución. Desde Monet, todas las piezas que integran uno de estos conjuntos podrán poseer un valor equivalente y una misma verdad, asociada ésta a la experiencia y las sensaciones del artista y no tanto a una validación externa. Tan intrínsecamente moderna es esa noción de serie que algunos artistas vivos no deseosos de abrazar la contemporaneidad sin matices no se han apropiado de ella hasta fechas muy recientes; es el caso de Antonio López.

Laffón ya trabajó en estos conjuntos y en variaciones desde fechas muy tempranas, tras la beca que le llevó a formarse en la Real Academia de España en Roma en 1955: entre las suyas primeras se encuentran las dedicadas a gente del campo de aire modiglianesco o a la muñeca Marcelina; de esta última veremos en el Thyssen un par de composiciones, una de ellas de reciente aparición. Revelan estos proyectos, fechas al margen, su concepción de la obra de arte como investigación en curso, no como objeto susceptible de terminarse y quedar cerrado en sus implicaciones.

En esta exhibición han quedado representadas sus series fundamentales, junto a algunas composiciones que no forman parte de ellas estrictamente, pero que podemos considerar variaciones, al reflejar una evidente recurrencia de motivos. Contiene su producción una clara tendencia a lo cíclico, al crecimiento en forma de germen, insinuación y desarrollo: es difícil pensar que esta autora daba ni los temas ni la exploración de su tratamiento por concluidos. Su pintura creció orgánicamente y sin que ella tirase nada por la ventana.

Carmen Laffón. Bodegón del galletero, 1991-1992. Colección CaixaBank. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Carmen Laffón. Repisa improvisada, 2002-2003. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del CampoCarmen Laffón. Repisa improvisada, 2002-2003. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Carmen Laffón. Repisa improvisada, 2002-2003. Colección privada . © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Se estructura la antología en hasta nueve secciones temáticas que conjugan obras de diversas cronologías, comenzando por un primer apartado centrado en la muñeca y la cuna, motivos, ambos, que conectan con la infancia y que cultivó con hasta treinta años de distancia. Las escenas de Marcelina desprenden cierto realismo mágico; las de las cunas parecen acentuar la vulnerabilidad del recién nacido que cobijan, inserto, por lo demás, en pura luz.

Unas y otras anteceden su gran inclinación hacia la naturaleza muerta, con cuyos formatos y técnicas experimentaría una y otra vez a través, como dijimos, de enseres muy modestos. Normalmente se trata de bodegones horizontales articulados en dos planos; concedía su atención a la superficie sobre la mesa y difuminaba el entorno hasta que, ya en los noventa, incorporó paisajes como fondo o se decidió por la verticalidad; incluso por las tres dimensiones.

Tuvo Laffón algunos objetos predilectos, entre ellos las cestas de mimbre, que primero aparecen de forma más discreta y luego siendo protagonistas absolutas de sus lienzos; también las tradicionales máquinas de coser. Unas y otras aludían a la esfera de lo doméstico y de lo entonces femenino, y en sí mismas incorporaban juegos entre lo visible y lo invisible, al quedar ocultas ocasionalmente bajo telas, un procedimiento que le servía para poner a prueba su virtuosismo al tiempo que generaba misterio y que no dejó de emplear.

Carmen Laffón. Canasta con ropa blanca, 1992-1996. Colección Alberto de Alcocer. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Carmen Laffón. Máquina de coser al uso, 1966-1967. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del CampoCarmen Laffón. Máquina de coser al uso, 1966-1967. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Carmen Laffón. Máquina de coser al uso, 1966-1967. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Llegados a los años sesenta y setenta, inició esta autora sus célebres vistas desde azoteas de Madrid y Sevilla (y luego, Sanlúcar de Barrameda). De nuevo, las ordenaba en dos claros planos horizontales paralelos; el inferior, correspondiente a la terraza en sí, fue diluyéndose con el tiempo en favor de la ciudad y del cielo.

Sin embargo, el paisaje con el que más asociamos, y con razón, a la artista es el del coto de Doñana, que comenzó a pintar en 1978 en vistas, de nuevo horizontales, en tonos pastel, y que retomó nada menos que en 2011-2014, desde parámetros más abstractos y atendiendo a los fenómenos atmosféricos propios de las estaciones.

Carmen Laffón. Sanlúcar de Barrameda, 1977-1978. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Claudia Ihrek

Carmen Laffón. El Coto desde Sanlúcar I, 2005. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: Jonás Bel

Otro tema que no dejó de abordar, en ese mismo arco temporal tan amplio, fue el de los armarios: abiertos, cerrados, en distintos tonos, más o menos ocupados o vacíos… Podríamos establecer con ellos series dentro de otras. Se trata de versiones de una misma alacena que llegó a esculpir, y que captó una y otra vez al ritmo de su propia evolución: primero desde un enfoque realista sin peros y después sobre fondos neutros y difuminando sus contornos. Incluso prescindiendo de su sombra, casi haciéndolos flotar.

El recorrido culmina con dos series conectadas por sus blancos potentes, pero matizados: La cal y La sal; la primera datada entre 2011 y 2015, la segunda entre 2017 y 2020. En la primera no se fijó sólo en el óxido de calcio, sino en las herramientas habituales entre los encaladores que se emplean en los cortijos andaluces (bidones, cubos, mesas, carretillas), que nos hablan de su esfuerzo sin hacerlos presentes; la segunda se inspira en las salinas de Bonanza y las examinó con extrema delicadeza, acercándolas a la abstracción e incluso evocando movimiento al desmenuzarlas.

Pero la exposición, que cuenta también con un perfil audiovisual sobre la artista de media hora de duración, culmina en el hall del Thyssen, donde salen a nuestro encuentro dibujos a carbón que componen La viña, serie que brotó de la que ella cuidaba en Sanlúcar y que se expuso por vez primera en Silos. Sus uvas las monumentalizó en una instalación en bronce que nos sumergen en la vendimia sin costumbrismos huecos.

Carmen Laffón. La cal. Bidón y mesa azul, 2013. Colección privada, Sevilla. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del CampoCarmen Laffón. La cal. Bidón y mesa azul, 2013. Colección privada, Sevilla. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Carmen Laffón. La cal. Bidón y mesa azul, 2013. Colección privada, Sevilla. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo

Carmen Laffón. La sal, 2019. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, Madrid. Depósito indefinido de la Fundación Museo Reina Sofía, 2021 (Donación de Helga de Alvear) © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Archivo Fotográfico Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

 

 

 

«Carmen Laffón. Variaciones»

MUSEO NACIONAL THYSSEN-BORNEMISZA

Paseo del Prado, 8

Madrid

Del 23 de junio al 27 de septiembre de 2026

 

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