Ana –una actriz cesante– es
reclutada para guiar un taller de teatro para policías que trabajan
infiltrados.
A lo largo de las sesiones, los uniformados se verán obligados a
relajarse y conectarse con un universo sensible que pareciera serles ajeno;
todo con el objetivo de hacer bien su trabajo y actuar mejor.
En este espacio de libertad
insólita aquellas verdades que comúnmente parecen opuestas comenzarán a
acercarse y confundirse. ¿No es el arte de infiltrarse una magistral clase de
actuación?
La obra fue seleccionada por
el Comité de Públicos Programadores. La Cartelera Sala Negra JBC es parte del
Proyecto UVA 2593: Mayor Equidad y Acceso al Arte, Cultura y Patrimonio,
financiado por el Ministerio de Educación. Las funciones se realizarán en la
Escuela de Teatro UV, ubicada en Avenida Brasil 1647, Valparaíso.
EQUIPO
Juan Pablo Troncoso,
dramaturgo y director, comparte sobre el proceso: “La idea de la obra surge
entre 2017 y 2018, a partir de conversaciones que tuve con amigos en Santiago.
Ellos me comentaron que en una escuela de teatro se habían impartido clases
para policías que trabajaban infiltrados y esa situación me pareció muy
interesante, estimulante y profundamente teatral.
A partir de esa idea comencé a
desarrollar el proyecto durante un par de años, en el marco de unos talleres en
los que participé en el Royal Court junto a compañeros de Chile y Perú. Fue un
proceso creativo largo, de dos o tres años”.
“En ese período ocurrió el
estallido social. Hasta entonces, mi trabajo había consistido en construir un
mundo verosímil: investigar sobre policías infiltrados y agentes encubiertos,
ver películas y series policiales como referentes, y encontrar las relaciones
entre la actriz y los policías.
Sin embargo, cuando ocurre el
estallido social, ese acontecimiento atraviesa la obra, la transforma y, sobre
todo, modifica completamente la secuencia final, que originalmente no
existía”.
“El montaje fue rápido. No
tuvimos mucho tiempo ni muchos recursos, por lo que el proceso fue bastante
intuitivo. Yo tenía relativamente claro lo que quería: buscar una actuación
natural y cercana, evitar personajes demasiado rígidos, comprender las dinámicas
del texto y permitir que los actores disfrutaran el proceso, dialogaran entre
ellos y trabajaran con libertad y tranquilidad.
Aunque la obra tiene una estructura muy
rítmica, casi coreográfica, los actores juegan con mucha libertad dentro de ese
marco”.
Manuela Mege, diseñadora
escénica, comenta: “Intentamos recrear, no de forma realista o naturalista, un
lugar donde estos policías se entrenan, algo similar a un campo de
tiro. La intención no era reproducir una comisaría, sino construir un
espacio que no está pensado para hacer teatro ni para impartir clases
de actuación.
Es un espacio frío, inhóspito,
destinado al entrenamiento policial, al uso de armas, y justamente nos
interesaba esa tensión: que un lugar concebido para un fin completamente
distinto fuera ocupado para el trabajo ‘teatral’, por eso trabajamos con una
propuesta visual bastante sintética”.
“En el vestuario no hay
una construcción especialmente teatral, sino pequeños elementos que permiten
identificar a los personajes. Esos elementos van pasando de un actor a otro,
facilitando el reconocimiento de los roles. Existen ciertos indicios y signos
escénicos que ayudan a comprender el espacio en el que estamos, junto con
superficies que permiten incorporar proyecciones, ya que el video también forma
parte del lenguaje de la obra”.
Catalina Anguita, diseñadora
sonora, señala: “Revisamos distintos registros sonoros vinculados a protestas y
al estallido social. A partir de estos materiales, construí una pista extensa
que se utiliza durante la obra, con referencias ‘carnavalescas’, bombas,
balazos, pero a lo lejos, casi en un segundo o tercer plano, como una protesta
permanente, pero distante en el tiempo”.
“El eje principal del diseño
sonoro fue el trabajo con la trompeta. Nos interesaba profundizar en la idea
del aire, de la respiración y de la imposibilidad de respirar, que aparece
explícitamente en una frase hacia el final de la obra.
También se hace referencia a
la canción Take My Breath Away (Quítame el
aire), a propósito del diálogo entre el instrumento de viento, la
respiración y falta de aire, resignificando la canción a la luz del caso
de violencia policial contra George Floyd en Estados Unidos, quien, mientras
era asfixiado por un grupo de policías, repetía: No puedo respirar”.
Ricardo Montt, actor,
considera que “interpretar esta obra implica la posibilidad de
poner el cuerpo a una experiencia que es muy entretenida de actuar. Está
el personaje de Ana, por ejemplo, y es muy gracioso interpretar a una actriz.
A través de ese personaje
también nos reímos un poco de nosotros mismos, del ejercicio de la actuación y
de la interpretación; de los problemas que a veces tenemos con el
reconocimiento, con que te llamen de la tele, con el deseo de ser famosos, con
el renegar de la televisión y, al mismo tiempo, con ese amor a veces un poco
desproporcionado y romantizado por el teatro”.
“La obra también cuestiona el
lugar autoritario que, en ocasiones, podemos ocupar como actores,
ese ‘fascista’, entre comillas, que muchas veces señalamos desde la
ficción hacia un otro, sin darnos cuenta de que la propia práctica artística
también puede transformarse en un espacio jerárquico y autoritario, donde
pareciera que existe una sola verdad y hay poco lugar para los grises, el
desacuerdo, el diálogo o la aceptación de lo diferente”.
Valentina Nassar, actriz,
declara que “esta es una obra que ya tiene varias funciones y
volver a presentarla nos pone muy contentos. En relación con los roles que
interpretamos, no son personajes fijos, sino que vamos traspasando de uno a
otro.
Eso, por un lado, es un buen
problema que resolver en escena y también un gran entrenamiento para
estar en el presente, no aferrarse a un personaje ni ‘convertirse’ en
él, sino que tomar cosas que proponen los otros, copiar, imitar,
transformar, deformar”.
“Para nosotros estar en la
Sala Negra es muy significativo, llevábamos un par de años sin hacer la obra y,
en este momento, nos parece importante y necesario retomarla. Queremos
presentarla porque creemos que propone una experiencia teatral profunda y
entretenida, en la que el público no va a quedar indiferente y que busca
dialogar con este presente. Es una obra que quiere contestarle al momento que
estamos viviendo como país”.
Abril Sandoval, productora,
reflexiona: “Respecto a producción, los desafíos son, en su mayoría, los de
siempre en términos logísticos, sobre todo coordinar los
ensayos. En el caso de esta función, nuestro principal desafío es la
difusión: invitar y convocar a las personas para que vengan a las funciones.
Ojalá podamos reunir a un
público diverso: artistas de Valparaíso, personas que regularmente van al
teatro, el público de la Sala Negra, estudiantes, pero también integrantes de
organizaciones sociales y estudiantes de la misma universidad”.
“Ese desafío no es solo de
esta obra, sino del teatro en general. Cuando las personas logran ir al teatro,
normalmente disfrutan la experiencia. En nuestra obra, al menos, siempre ha
sido así. El gran desafío es conseguir que la gente llegue al teatro.
La obra ha pasado por
escenarios muy distintos, estrenamos en el GAM, estuvimos en Santiago a Mil,
hicimos funciones para programadores, luego una temporada en el Teatro de la
Universidad Católica, estuvimos en la Sala UPLA y también realizamos funciones
en Santiago OFF”.
“Hemos recorrido distintos
espacios y distintos contextos. Por eso nos alegra mucho poder venir a la Sala
Negra, es un espacio muy especial y muy querido para nosotros; yo
estudié acá y ahora soy profesora. La obra tiene que adaptarse a las particularidades
de esta Sala y ese es uno de los grandes desafíos que estamos intentando
resolver de la mejor manera. Estamos seguros de que así será”.
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@salanegrajbc y a @cia.lajeanette en Instagram.

