El título y el póster de Un poeta, con la imagen de su protagonista (Ubeimar Ríos como Óscar Restrepo) cuellicorto, encogido e irradiando lo contrario de carisma, ya parecían anticipar que la última película de Simón Mesa Soto iba a bucear en fracasos, y así es. Pero su trama y su guion, por fortuna, no lo ponen tan fácil: hay muchas formas de ser un fracasado, y la mala fortuna o la falta de encanto son sólo una de ellas; otras serán tener mejor suerte y ser un completo idiota o simplemente no saber adónde vas. Con el agravante de que, por más escondidos, estos otros fracasos tienen peor solución.
El film premiado por el jurado en la sección Un Certain Regard de Cannes, sólo el segundo en la carrera de su director, transita siempre entre la comedia y la tragedia, desde que su protagonista es burlado por ser un poeta desempleado incapaz de vivir de su oficio y depender de su madre hasta que, igualmente, lo es por tratar de solucionar con dignidad y ética un entuerto al que su mal fario lo condujo. Se trata de la historia, casi el mito de Sísifo, de un hombre que intenta hacer compatible su vocación literaria (inflada, pero al menos persistente) con las incomodidades de la vida práctica: la necesidad de mantener un trabajo estable y remunerado que, atendiendo a su personalidad, entrañará casi una forma de prostitución.
Plena de autenticidad y matices, sobre todo cuando la cámara viaja a los barrios humildes, esta película apunta a muchas hipocresías dentro y fuera del poeta, a las tensiones padecidas por muchos para adaptarse a convenciones sociales seguramente estrechas, y subraya además la posibilidad de encontrar belleza donde menos se la podría esperar -Restrepo y no otro será quien dará con ella-.
Supone un revulsivo para el protagonista el hallazgo en el instituto donde imparte clases alimenticias (Ubeimar Ríos es también profesor) de una alumna que escribe poemas sin pretensión de darlos a conocer; textos sencillos y bellos cuyo contenido no suele ir más allá de las paredes de la habitación angosta de la chica, que comparte casa mínima con una familia máxima. El profesor le pregunta si ella también vive sumida en una profunda tristeza; ella contesta llanamente que no.
Los intentos de Restrepo por conducir a esta adolescente hacia la literatura, contra su voluntad y dando por hecho que podrá alejarla de un pozo que para ella no es tal, suponen para él el inicio de nuevos fracasos y el conocimiento del lado tramposo de los negocios vinculados a la creatividad, pero también la posibilidad de acercarse a su hija, que muy poco a poco lo apreciará con algo más que lástima, y el descubrimiento de que quizá la búsqueda más deseable es la de un poema alegre.
Esa evolución, lenta pero evolución del protagonista, la ordena Mesa en cuatro capítulos (Fracaso, Opus Magnum, El arte nos salvará y Un poema feliz), en los que poco a poco se nos presenta primero a este poeta que no escribe pero a quien no se le quita esa palabra, poeta, de la boca, mirado con lástima por una parte de su familia y con desprecio por la otra. Su héroe es el poeta José Asunción Silva, gloria en su país (que se suicidó).
Bebe para sobrellevar la frustración, y curiosamente o no también el alcohol supondrá el principio del fin de su rol de mentor de esa joven autora que prefiere ser madre y dedicarse a hacer uñas. En realidad, Mesa nos deja pensar que la poesía vive en ella mucho más que en los que escriben versos para gustar, y gustan con la pornomiseria, el pornocolonialismo o la pornodesigualdad. La poesía de esta niña no tiene mercado, y por eso vive libre.
Es la primera vez de Ubeimar Ríos, y de muchos de los actores presentes, delante de la cámara; quizá ellos sean al cine la vida palpitante que esa niña era para la poesía. Hay que desear que el éxito no los persiga.

