Bilbao,
Night Driver es el título que Jasper Johns dio al primer dibujo que, según el mismo explicó, creó basándose en sus sentimientos personales, allá por 1960; también el nombre de la retrospectiva que, desde el 29 de mayo y bajo el comisariado de Enrique Juncosa, el Museo Guggenheim Bilbao brinda a este artista estadounidense, que hizo de la repetición y la destrucción el punto de partida de muchas reflexiones.
Han recalado en Bilbao cerca de centenar y medio de sus trabajos, entre pinturas, esculturas, dibujos, grabados, un libro de artista y una escenografía. Se ha optado por mostrarlos cronológicamente -aunque separando las pinturas y esculturas de sus composiciones sobre papel-, por una razón: Johns regresó una y otra vez a sus motivos, abordándolos paulatinamente desde una mayor complejidad tanto técnica como conceptual.
Nació en 1930 en Augusta, ciudad a la que se atribuyen buenas dosis de encanto sureño, pero apenas superada su veintena se estableció en Nueva York, donde no tardó en entablar amistad con quienes en esos años cincuenta renovaban el arte estadounidense desde la conjunción de la pintura y la escultura, desde el silencio o la danza: nos referimos a Robert Rauschenberg, John Cage o Merce Cunningham.
Tan pronto como en 1954-1955, decidió Johns destruir su producción temprana para trazar la primera bandera de su país; sería la primera de un extenso conjunto de obras en las que continuamente representó elementos y signos planos: letras, números, dianas y mapas que una y otra vez hemos leído como antecedentes del arte pop, en cuanto que motivos cotidianos y por todos reconocibles. No tardó en alcanzar, con ese material tan aparentemente distante de la imaginación, el éxito: una exposición de estas piezas en la galería de Leo Castelli en 1958 le valió la fama y el MoMA adquirió tres.
En esos mismos años tuvo Johns la oportunidad de conocer a Marcel Duchamp, que sería una figura fundamental en su carrera, por partir de lo dado para construir lo inédito. De este periodo contemplaremos en el Guggenheim Bandera sobre campo naranja, Cajón, Comienzo falso, Diana, Mapa o En memoria de mis sentimientos – Frank O’Hara; esta última imagen, realizada en la primera mitad de los sesenta, supuso en su trayectoria el inicio de una transición desde los temas impersonales a una mayor emocionalidad. Sus grises de este momento no implican frialdad, sino melancolía.



En paralelo a estas composiciones, entre 1958 y 1961, realizó el de Georgia sus primeras esculturas, elaboradas, como era de esperar, con objetos cotidianos, entre ellos linternas y bombillas que dejaban de proporcionarnos luz para convertirse en enseres a mirar.

Avanzando en los años sesenta, comienza a surgir en sus creaciones un camino de abstracción que consolidará más tarde: lo apreciaremos en Bilbao en Estudio (1964), Sin título (1964-1965) y Estudio II (1966), que no abandonan del todo la figuración -podemos reconocer puertas o ventanas, brochas y fregonas-, pero que sobre todo evocan la atmósfera del taller del artista en sus esencias.
Fueron años de proliferación de nuevos temas para Johns: introdujo en sus creaciones la figura humana, el autorretrato o paredes de losas. Veremos en Bilbao Souvenir (1964), un ejemplo de autorretrato que realizó tras un viaje a Japón junto al compositor Toru Takemitsu y para el que imprimió un retrato de fotomatón sobre un plato de cerámica que había comprado, justamente, en una tienda de recuerdos.
Tendrá, igualmente, carácter autobiográfico su serie de los ochenta centrada en las estaciones; para entonces Johns había decidido ya dejarse inspirar casi de forma constante por artistas populares como Munch, Picasso o Frida Kahlo. Entretanto, sus composiciones de los noventa serán un compendio de referentes e intereses anteriores: en Catenarias regresó al gris y a los juegos con el lenguaje, llegó a recrear los planos de la casa de sus abuelos y transformó en bronce los números del 0 al 9.

La exposición se cierra con trabajos sobre papel y monotipos. Los primeros no los planteaba Johns como dibujos preparatorios, más bien al contrario: ideaba versiones de sus pinturas previas para probarse técnicamente y dotarlos de nuevos significados.
Llegó a combinar lápiz, carboncillo, pastel, yeso, tinta, bolígrafo, acuarela, collage con papel, objetos o pigmentos metálicos e, incluso, a dibujar sobre plástico, explorando su transparencia y su grado de absorción. En cuanto a sus grabados, menos numerosos en su producción, que no menores, los utilizaba para alterar los colores de imágenes previas y reproducir detalles de obras o fragmentos dispuestos de otra forma.
Culmina el recorrido Foirades/Fizzles (1976), un libro de artista que llevó a cabo con Samuel Beckett en París y que incluye cinco textos del autor irlandés junto a una treintena de grabados de Johns, así como diversos testimonios de su amistad con otros artistas, como dibujos muy pequeños que regaló a Robert Rauschenberg, un dibujo que le ofreció a Richard Serra en intercambio por otro suyo, un peculiar retrato de su adorado Duchamp o, amistades al margen, calcos de Cézanne y De Kooning, dos de sus acicates para reflexionar sobre la imagen y la tradición artística. Fuese creando o destruyendo.

“Jasper Johns: Night driver”
Avenida Abandoibarra, 2
Bilbao
Del 29 de mayo al 12 de octubre de 2026
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