No hay muchas cosas que Carlos Boyero pueda hacer más para pasar a la historia de España como uno de los críticos culturales más controvertidos, pero no será por falta de intentarlo.

Tras años al pie del cañón en publicaciones dando sus brutalmente honestas opiniones sobre cine y más cosas que no son cine, el periodista está centrando cada vez más el foco sobre sí mismo. Recientemente protagonizó ‘El crítico‘, un documental acompañado de una serie de reflexiones sobre la profesión, y aprovechando la inercia ha escrito ‘No se si se me entiende’, un libro autobiográfico donde, sin olvidarse de ella, amplía las miras más allá de la crítica cinematográfica.

Y es que su modo de ser y de pensar sobre el mundo es parte de la relevancia de este autor. Un escritor que ha trascendido en buena parte más por su personaje público que por sus propios juicios de cine.

A ver esas citas

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Creo que entender, se le entiende bien. Si algún problema ha tenido este crítico desde luego no era saber explicar las cosas con una claridad cristalina. Y este libro es fiel reflejo de ello. Algunas de sus perlas aquí incluyen el ya conocido disgusto del autor por la industria del cine actual.

«Lo tenía y lo tengo meridianamente claro: soy muy viejecito para estar dándome palizas de cine oriental o de no sé cuáles y extraordinarias nuevas directoras latinoamericanas. Los festivales de cine se han convertido en escaparates de lo que creen que mola mogollón, de todo lo que toca decir ahora porque lo impone la moda, de múltiples excentricidades y gilipolleces con pretensiones».

No solo el cine es una mierda que va con las modas. El periodismo y la crítica también lo son. Boyero no pierde la ocasión para decir lo que opina de los compañeros columnistas de El País.

«Será porque los columnistas de la casa reúnen tan abrumadora calidad en el fondo y en la forma que… Bueno, vamos a dejarlo ahí. Solo diré, sin entrar en demasiados detalles, que no entiendo lo que dicen algunos y algunas. O lo entiendo demasiado bien. Literal. A unos, porque ni la riqueza expresiva ni siquiera la sintaxis les llevaron por los caminos de Dios o del diablo».

Pero si el cine de festivales el malo y pretencioso, el patrio también. No es la primera vez que ataca al cine de Almodóvar, y probablemente no sea la última.

«Siempre pienso ante el estreno de una película de Almodóvar: «A ver qué nuevas moderneces se le han ocurrido», porque, eso sí, él está siempre al loro de todas las modas, las tendencias, lo que hay que enseñar, lo que hay que contar, lo que se lleva, que si ese cantante imprescindible, que si ese artista, que si ese libro de esa escritora feminista en la biblioteca de la casa de diseño del protagonista. Aunque él pretenda otorgarle siempre una pátina como de locura, desenfreno, angustia y tal y cual, es un cine enormemente calculado e impostado».

Menos mal que la música, en cambio, es muy buena. Al menos la antigua, no como esas tonterías de Taylor Swift. Pero eh, al menos, «la señora es vistosa».

«Y también me recuerdan día sí y día también que las adolescentes, incluidas algunas hijas de amigos míos, andan enloquecidas con una tal Taylor Swift. Reconozco que la señora es vistosa, pero no pillo el supremo encanto de sus canciones. Es americana, ¿no? Vale, pues yo vi y escuché en directo a una tal Ella Fitzgerald. Y también a Chrissie Hynde en primera fila, a tres metros de distancia».

Pero hay veces que uno prefiere que la cosa se mantenga cultural. Porque cuando hablamos de otros temas salen cosas así.

«Una vez me ocurrió en San Sebastián algo tremendo: que la farlopa que
había llevado se humedeció. Es que allí ya se sabe, el clima y tal… Era una
época en la que yo andaba como una moto, y supliqué a amigos míos nada
drogadictos que me buscaran la sustancia mágica por toda la ciudad y
alrededores… pero no había nada, y yo estaba demasiado enganchado. Fue
dramático. Recuerdo que la coca también se me humedeció una vez en
Venecia. Y me la comí. Eso es andar colgado».

O así.

«Venía a recogerme los textos el chófer de Pedro J., una persona encantadora. Como nunca había terminado el artículo en la hora convenida, le invitaba a que subiera a casa. Y entonces le ofrecía una copa y le sacaba revistas porno para que hiciera tiempo mientras yo acababa. Y no dejaba de meterme sustancias. Años después, me confesó que aquello le parecía muy raro, y que en realidad él siempre creyó que eran aspirinas machacadas. Todo mi cariño hacia su paciencia».

Anécdotas personales desde luego no faltan.

«Su preocupación era mayúscula (…) Entonces llamaron al portero, que era amigo mío, y él vino a casa y tocó el timbre, y yo no le abría. Se temió lo peor. Y entonces una imagen apocalíptica se abrió ante mis ojos. Empecé a ver en mi dormitorio mogollón de señores con casco y hachas. Y yo en pelotas, con restos de cocaína y hachís en la mesa. Me dije: «Carlos, ha llegado el temido delirium tremens». Pero qué cojones, eran los bomberos de verdad, que habían tirado la puerta de casa, y el Sámur, y la policía. Y al fondo estaba el portero gritando: «¡Virgen santa, está vivo!». Yo atravesaba una época bastante convulsa, y al no abrirle, él pensó en la posibilidad de que me hubiera quitado de en medio (…) Qué vergüenza. Llamé a mi madre y a mi tía y les supliqué: «Nunca más, por favor, nunca me volváis a hacer esto». Pobrecitas mías. Qué susto el suyo».

A veces lo mejor de currar de crítico es que currar era lo de menos.

«También me acuerdo de una visita que le hicimos a Gérard Depardieu. Estaba en Nanterre, haciendo una obra de teatro de Peter Handke. Para allí que nos fuimos. Nos recibió en su camerino y estuvo encantador, pero nos dijo que la entrevista no nos la podía dar en ese momento, y que volviéramos dos noches después. Pero resulta que estábamos casi sin dinero, y tuvimos que decidir entre si volvíamos a ver a Depardieu para la entrevista o si nos metíamos en un cine porno a ver Las orgías de las SS y luego comer un bocadillo. Y dijimos: «Pues casi mejor nos vemos el porno y cenamos». Debe de estar esperándonos todavía, el pobre Depardieu».

Estaréis viendo un patrón entre sexo y drogas. Lo cierto es que hay un capítulo entero dedicado al sexo, el porno y la prostitución. Atentos a la tierna anécdota navideña de su adolescencia.

«Conocí a las putas muy joven, en el Barrio Chino de Salamanca, tendría como quince años. Fue agradable. Recuerdo mangarle pasta a mi abuela para irme a un burdel unas Navidades. Fue tremendo, allí, con las putas y los villancicos. La clientela, por supuesto, era mínima en días tan piadosos y familiares como aquellos».

Por lo que sea, quizás no es la persona ideal para escribir de ciertos temas y sobre todo del MeToo. Por lo que sea.

«No hace mucho tiempo me ocurrió de nuevo algo que me lleva persiguiendo toda la vida, en todos los sitios donde he escrito, y que se llama la puñetera censura. No encontré mi columna en el periódico cuando bajé a comprarlo. Se la habían cargado. Al parecer, era ofensiva con el MeToo y otras instituciones intocables».

Debe ser la «puñetera censura» lo que impide que a Boyero se le entienda bien y pueda expresarse como quiere expresarse. Tras años haciéndolo, ha tenido que escribir un libro que claramente no ha pasado por muchos más filtros que el suyo.

Estos extractos son solo una pequeña muestra de 160 páginas de un libro que es pura tralla, y cuyas anécdotas y reflexiones suponen la guía definitiva para entender su modo de pensar.

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