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Lo que hoy simboliza el mayor poder mañana puede ser ruina, y el arte a aquel poder vinculado quedará bajo sospecha en ese futuro probable.

En las relaciones entre la creación, el poder y sus símbolos ha profundizado desde hace décadas Fernando Sánchez Castillo, estudioso de la representación de la historia, sobre todo de sus episodios de autoritarismo y violencia, y de lo que la memoria colectiva ha hecho de ella, cuestionando el pasado en múltiples preguntas sin respuesta. Siempre ha trabajado este autor madrileño en torno a ese mismo concepto, pero el tema nunca, nunca se agota, porque aborda, al fin y al cabo, cómo es nuestro presente y lo que el tiempo nos puede deparar.

Buena parte de sus principales proyectos hasta ahora, y el germen de otros por llegar, forman parte de “La perla peregrina”, muestra que el Museo Reina Sofía le dedica en el Palacio de Velázquez y que ha sido comisariada por Ferran Barenblit, ya responsable de alguna de sus exhibiciones anteriores en el CA2M de Móstoles. Ese título no guarda relación con ninguna de las piezas expuestas, sino con esa joya hoy en paradero desconocido, pero ligada a muchos capítulos de nuestra historia, cuyo periplo ha permitido al artista reflexionar sobre la memoria, las transformaciones en el tiempo y el rol de la creación.

Hallada en Panamá en el siglo XVI, llegó desde allí a la corte de Felipe II y durante varios siglos perteneció a la monarquía española, hasta que fue robada en época de José Bonaparte, pasó por varias manos, cruzó el océano y Richard Burton la adquirió en subasta para regalársela a Elizabeth Taylor. A la muerte de la actriz, fue de nuevo objeto de puja, pero su poseedor, que la compró por casi doce millones de dólares, ha preferido no desvelar su identidad.

Fue, por tanto, esta pieza objeto suntuario y emblema del poder (Margarita de Austria, Isabel de Borbón o Felipe III la portan en sus retratos velazqueños), pero ha terminado convertida en símbolo alegremente adoptado por la cultura de masas, de ahí que Sánchez Castillo también lo haya hecho suyo para referirse a las fricciones históricas que han alumbrado conflictos y formas de belleza inesperados. Como todos aquellos hacia los que este artista dirige nuestra mirada en El Retiro: en esculturas, instalaciones, vídeos y objetos que conocerán sus seguidores, y también un buen número de piezas aún en desarrollo en el centro del montaje, transformado en taller donde él mismo trabajará de cara al público.

La mayor parte de sus propuestas están vinculadas a la historia reciente de España (dictadura y transición), aunque contemplaremos también obras basadas en sucesos traumáticos en México (la masacre de Tlatelolco, en 1968) y otras que incorporan referencias a sucesos internacionales. Nuestro país constituye para él el ejemplo más evidente y próximo de que lo recordado y lo oculto conviven en tensión y de que el poder trata de gestionar tanto la memoria como el olvido como una de sus estrategias de autoridad. Él se esfuerza en evidenciarlo, en subrayar que no existen las narraciones unívocas del pasado ni tampoco el monumento que no pueda ser críticamente interpretado.

Por lo que ofrece y por lo que no, y precisamente el recorrido comienza poniendo de relieve ausencias: con figuras que él llama de memoria expandida y en las que representó, en bronce y madera, una Estatua de la libertad no blanca, una madre de la Plaza de Mayo, la familiar de un desaparecido en la dictadura chilena (Cueca Sola), a la activista por la democracia en Portugal Celeste dos Cravos, a Tomiko Higa, Navalny o August Landmesser, soldado modelado con los brazos cruzados por haberse negado a saludar a Hitler. Los acompaña, en una escala próxima a la del David de Miguel Ángel, El hombre del tanque, aquel manifestante chino con las increíbles agallas de detenerse frente a los tanques en Tiananmén en 1989, portando sólo bolsas de plástico. Parece recalcar Sánchez Castillo que existen héroes sin efigie y efigies sin héroes.

Fernando Sánchez Castillo. Figuras de memoria expandida, 2017-2026. Fotografía: Fátima Sanz

Algunos de ellos hubieron de portar máscaras, para proteger su fragilidad o para ocultar su identidad en contextos de violencia. Una recopilación de ellas, igualmente recreadas en su taller, han llegado al Palacio de Velázquez, desde las de las Pussy Riot a las de gas chilenas. En el fondo, amparan y convocan a un tiempo: devienen anónimo a quien se esconde tras ellas, pero multiplican su proyección política por convertirlo potencialmente en cualquiera de nosotros. Al hacer duradero ese instrumento efímero, Sánchez Castillo acentúa la fuerza de quien protesta frente a la de quien lo reprime.

No podían faltar en esta muestra sus amasijos del Azor, la embarcación en la que navegó Franco y que luego empleó muy brevemente Felipe González hasta que, ante las críticas, fue subastada y adquirida por un particular que quiso convertirla (sin éxito) en motel. Emblema de poder en el imaginario colectivo durante décadas, el artista la compró en 2011 para convertirla en chatarra, reduciendo el símbolo a materia prima. Casi en tal materia base también quedan depurados fragmentos de monumentos célebres madrileños que integran ahora una barricada en Naturaleza de lo social; se propone un desplazamiento desde la reverencia a la experiencia compartida y nada queda por encima de nuestra altura.

Al Palacio de Velázquez ha traído igualmente Sánchez Castillo reproducciones del búnker que protegió el Tesoro Artístico Nacional en la Guerra Civil y de las sofisticadas construcciones ideadas para salvar diversas fuentes e iglesias en Madrid, como símbolos de la cultura a preservar incluso cuando resguardar vidas no era fácil; también una reproducción del coche destartalado de Carrero Blanco tras el atentado etarra, la del boquete perpetrado para realizarlo y la de la enorme grieta resultante en el suelo, esta última en acrílico sobre algodón. Otros agujeros cercanos son los reproducidos en mármol que copian baldosas de La Rambla situadas frente a un burdel; corresponden a los orificios fruto del taconeo de las mujeres prostituidas.

Esa piedra, material noble, se ha convertido en registro involuntario de lo que no estaba destinado a recordarse o no podría estar más lejos de la memoria monumental. A la misma lógica responde El hombre de Melilla, la escultura en hierro y bronce de un emigrante encaramado a su valla, reproducción de un desplazado real que resistió horas allí.

Fernando Sánchez Castillo. Figuras de memoria expandida, 2017-2026. Fotografía: Fátima Sanz

Esculturas ecuestres de Franco incompletas o vandalizadas nos proponen desplazar nuestra atención no tanto hacia las figuras, sino a los modos posibles de contemplarlas; otros caballos fueron filmados en los interiores de una facultad de la Universidad Autónoma aludiendo al control hacia los estudiantes que desde ellos se ejercía y al propio diseño de estas construcciones para que los animales pudieran allí desplazarse. Para sortear la vigilancia, los alumnos solían lanzar canicas, que en el vídeo también veremos. Para sorpresa del artista, el caballo de la grabación desplegaba una danza ante la cámara para relajarse, movimientos casi disruptivos en ese contexto.

Josep Viladomat Massanass. Escultura de caballo, parte del conjunto Al General Franco. 1963. Fotografía: Fátima SanzJosep Viladomat Massanass. Escultura de caballo, parte del conjunto Al General Franco. 1963. Fotografía: Fátima Sanz

Josep Viladomat Massanass. Escultura de caballo, parte del conjunto Al General Franco. 1963. Fotografía: Fátima Sanz

Otro conjunto de trabajos también remite al contexto estudiantil de ese tiempo, pero al mexicano, y a la mencionada masacre de Tlatelolco. En 1968 una revuelta contra el gasto en la organización de las Olimpiadas se saldó con cientos de muertos; veremos un vídeo con tiros en la oscuridad, una alfombra con el plano de la ubicación de quienes dispararon y la talla en madera de uno de los manifestantes humillado. También ha modelado en bronce Sánchez Castillo los cadáveres de perros que Sendero Luminoso colgó en Lima advirtiendo de sus siniestras intenciones; para el artista, se apropiaban de estrategias “comunicativas” propias del poder contra el que decían luchar.

Hay más: la bombilla de El Guernica emite en morse el mensaje “El Museo del Prado es más importante que la monarquía y la república juntas”, una gigantesca bandera blanca cuelga frente a la base de Torrejón o bellos lienzos abstractos fueron realizados con toallas mojadas, como las empleadas para torturar sin dejar marcas.

Hoy ha hecho Sánchez Castillo suya la definición del arte duchampiana (y no utilitarista): la creación sería un diálogo entre las gentes del pasado y las del futuro, y el artista, su intermediario.

Vista de sala de la exposición «Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina». Palacio de Velázquez, Museo Reina Sofía, 2026. Fotografía: Fátima Sanz

Vista de sala de la exposición "Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina". Palacio de Velázquez, Museo Reina Sofía, 2026. Fotografía: Fátima SanzVista de sala de la exposición "Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina". Palacio de Velázquez, Museo Reina Sofía, 2026. Fotografía: Fátima Sanz

Vista de sala de la exposición «Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina». Palacio de Velázquez, Museo Reina Sofía, 2026. Fotografía: Fátima Sanz

 

 

«Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina»

PALACIO DE VELÁZQUEZ

Parque de El Retiro

Madrid

Del 25 de junio de 2026 al 8 de marzo de 2027

 

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