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Nació en Sevilla en 1652, murió en Madrid a sus cincuenta y tres años y fue, bajo el reinado del monarca Carlos II, la única artista en convertirse en escultora real.

El obrador de su padre, Pedro Roldán, en la misma Sevilla, fue su primer entorno de aprendizaje, y también el taller más destacado en esa ciudad en la segunda mitad del siglo XVII, desde el que se difundiría en Andalucía la influencia del gran Bernini, mediada entonces por el escultor flamenco José de Arce. Sus seguidores tuvieron allí la oportunidad de aprender unos de otros en el proceso de la manufactura de las piezas, que se llevaban a cabo fundamentalmente en madera policromada, por sus posibilidades de vivacidad, y en formatos muy diversos. Bastantes piezas se destinaban a fines procesionales o a retablos.

A la Academia hispalense de Murillo no pudo acudir La Roldana por ser mujer, pero en el taller paterno sí conoció bien las inquietudes de algunos asiduos, como Valdés Leal, que era amigo de su familia. Una familia, por cierto, en la que no sólo el padre y la hija esculpieron: una de sus hermanas, María Josefa, también fue escultora, al igual que su sobrino Pedro Duque Cornejo, mientras que otra, Francisca, fue policromadora. Y, en el mismo obrador, Luisa Roldán conoció a su marido, de nuevo escultor y, además, compañero de trabajo en parte de su producción: Luis Antonio de los Arcos.

En la década de 1670 y en la primera mitad de la de 1680, ambos trabajaron en Sevilla, aunque dadas las normas del momento fuese únicamente el nombre de él el que aparece en los contratos. Sus composiciones de entonces deben aún mucho al estilo paterno, del que paulatinamente se fue desligando para afianzar un lenguaje personal -nunca distante, eso sí, de la gracia sevillana en el tratamiento de la infancia y los temas familiares- y para adaptarse a los encargos requeridos. Uno de los más importantes en esos años fue el del conjunto procesional para la Hermandad de la Exaltación (1678-1682), donde Roldán probó su buen desempeño en el tratamiento de la figura humana y en la minuciosidad de sus relieves. Destaca aquel trabajo, además, por la vistosidad de su policromía.

Por su prestigio le llegaron algunos encargos fuera de Sevilla: la orden hospitalaria de Sanlúcar de Barrameda le demandó una imagen de vestir de san Juan de Dios que habría de inspirarse en el retrato de su fundador. Es posible que otros tuvieran que ver con belenes: éstos alcanzaron un gran éxito entre la sociedad de este momento, y Luisa desarrolló una evidente habilidad en la elaboración de esos montajes efímeros con proliferación de figuras, de los que su padre fue especialista (no son demasiados los que se conservan de este tiempo, de ahí la falsa impresión de que no triunfaron hasta el siglo siguiente por proyección napolitana).

Debemos mencionar su Nacimiento y Cabalgata, compuestos por dos docenas de figuras talladas en madera de cedro y vistosamente policromadas; a un original rey de Tarsis lo vistió según la moda española del XVI. Es muy probable que fuera justamente en Cádiz, la ciudad identificada entonces con la capital de Tartessos, donde llevara a cabo este trabajo, que pudo ser quizá donado a algún cargo de la corte en Madrid.

Luisa Roldán. Niño Jesús con san Juanito
Luisa Roldán. Niño Jesús con san Juanito
Luisa Roldán. Virgen de la leche
Luisa Roldán. Virgen de la leche

En el comienzo de la década de 1680, la producción de La Roldana ya había alcanzado una expansión muy relevante (recientemente se le han atribuido un San Francisco de Huévar o un San Antonio para el Sauzal, Tenerife). Pero en Cádiz seguía siendo especialmente querida: los responsables de la Catedral le encargaron imágenes para el Monumento de Semana Santa y el Ayuntamiento, poco después, tallas de los patronos de esta ciudad, los santos Servando y Germán. Está documentada la colaboración en ellos de su marido y de su cuñado, Tomás de los Arcos; este último fue policromador de no pocos de sus trabajos.

Ese buen momento le llevó a probar suerte en Madrid, donde artistas hispanos y foráneos buscaban ya reconocimiento y clientela y era relativamente fácil acceder a las colecciones de instituciones religiosas y de familias pudientes. Luisa Roldán consiguió, como avanzamos, hacerse con el cargo de escultora real, normalmente vacante frente al siempre ocupado de pintor (antes lo había ejercido José de Mora, pero un autor tan señero como Pedro de Mena no lo logró).

Una de las causas de ese éxito fue la inclinación de la corte, en este tiempo, por la escultura en pequeño formato y en terracota, un material que Roldán también utilizaba, sobre todo en piezas destinadas a ornamentar palacios y oratorios. Ese tipo de composiciones ya las habían realizado Giovanni Battista Morelli, Nicolás de Bussy o Antonio Ferreira, y también eran bien valoradas las esculturas napolitanas en madera policromada de un tamaño apto para su fácil transporte, como las de Giacomo Colombo o Nicola Fumo, que introdujeron en España los modelos italianos.

Por todos ellos se dejó influir La Roldana al plantear su estupendo San Miguel (1692), de dimensiones monumentales, que se destinó entonces a El Escorial y que hoy podemos admirar en la Galería de Colecciones Reales de Madrid.

Luisa Roldán. San Miguel, 1692. Galería de Colecciones Reales
Luisa Roldán. San Miguel, 1692. Galería de Colecciones Reales
Nicolás Fumo. San Miguel
Nicolás Fumo. San Miguel

Fue ese mismo año, el de 1692, cuando Roldán recibió ese título de escultora de cámara, dedicándose en este periodo a la realización de grupos de terracota de pequeño tamaño y mimada policromía, sobre asuntos devocionales (Virgen cosiendoLa educación de la Virgen -tema muy querido por Carlos II- o el Niño Jesús con san Juan Bautista). No dejó de lado, sin embargo, su amada madera: en ese material elaboró sus Niños Nazarenos o su San Fernando rey, este último inspirado en un modelo del citado Valdés Leal. Y Lucas Jordán sería el punto de partida de otras composiciones.

Felipe V renovaría a Luisa en el cargo y sus nuevas creaciones, a principios del reinado del primer Borbón, mantendrían el estilo de las anteriores (resulta complicada, por eso, su datación). Los textos de María Jesús de Ágreda serían la base de Virgen niña con san Joaquín y santa Ana o el Nacimiento con san Miguel y san Gabriel, un asunto que le fue encargado, en pintura, también a Jordán, mientras que mostró su afán expresivo en barro en Tránsito de la Magdalena o, en madera, en un doliente Ecce Homo.

Nuestra artista murió recién estrenado el año 1706 y, pocos días después, fue nombrada miembro de la Academia di San Luca de Roma, que desde 1620 establecía quién podía ser considerado “artista” en la ciudad.

Luisa Roldán. Virgen con el Niño
Luisa Roldán. Virgen con el Niño
Luisa Roldán. La educación de la Virgen
Luisa Roldán. La educación de la Virgen
Luisa Roldán. Tránsito de la Magdalena
Luisa Roldán. Tránsito de la Magdalena

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