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La carrera de la alemana Anne Loch (1946-2014) se inició en la década de los ochenta en el ambiente artístico de Colonia, junto a figuras como Rosemarie Trockel, Jenny Holzer y Cindy Sherman, pero tiempo después decidió alejarse radicalmente de esa esfera y vivir recluida en Suiza. El aislamiento no interrumpió, no obstante, su trabajo creativo, porque Loch es autora de unas 1.400 pinturas, en buena medida desconocidas para el gran público.

Desde el próximo 18 de julio, el Zentrum Paul Klee de Berna dedica a esta singular autora su segunda gran exposición individual en el país que hizo su casa, tras la celebrada en el Museo de Arte de Chur en 2017. Comprenderá alrededor de ochenta trabajos, algunos de formato monumental: una flor amarilla sobre un fondo azul, de casi dos metros de altura; un rebaño de ovejas que se extiende a lo largo de más de 3,5 metros; una polilla en un lienzo de casi un metro; el interior de una peonía o la cabeza de un cuervo, ampliados a más de dos… dotaba a motivos animales o vegetales de dimensiones imponentes. Y no sólo el tamaño de sus creaciones individuales es enorme, también lo es, en el fondo, el alcance de su obra en su conjunto: la artista produjo, en apenas cuarenta años de carrera, además de aquellas 1400 pinturas, numerosas obras sobre papel y fotografías. Ese extenso corpus se conserva, precisamente, en Berna.

Anne Loch. AL 206, 1987. Colección privadaAnne Loch. AL 206, 1987. Colección privada

Anne Loch. AL 206, 1987. Colección privada. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Desde la escena artística de Colonia hasta las montañas suizas, el arranque de la trayectoria de Loch fue muy prometedor. En esos inicios, estuvo representada por la prestigiosa galería Monika Sprüth, junto con las citadas Trockel, Holzer y Sherman, que le brindó numerosas exposiciones. Con sus naturalezas y paisajes, asumió una posición sumamente independiente en el contexto del resurgimiento de la pintura figurativa en Alemania, y se distinguió de las obras gestuales y neoexpresionistas de sus cercanos.

Cuando parecía asegurada una exitosa carrera, en 1988 Loch dio un giro radical y se retiró a Thusis, en el cantón suizo de los Grisones. No era sólo un alojamiento geográfico, sino también social: interrumpió su contacto con Colonia, e incluso en Suiza mantuvo relación regular con muy pocas personas. Sin embargo, como dijimos, no dejó de trabajar: continuó pintando incansablemente en privado y articuló una extensa producción que en todo tipo de formatos, también textos y vídeos. En ese nuevo periodo sólo mostró sus obras ocasionalmente, por ejemplo, en la Galería Erika y Otto Friedrich de la capital suiza.

Salvo algunas excepciones, Loch llevó a cabo exclusivamente paisajes, flores y animales, temas, aparentemente, entre los más convencionales y manidos de la historia del arte. Excluyó prácticamente a los seres humanos de sus composiciones, además de cualquier pretensión de arraigo en el presente social o de referencia a los acontecimientos mundiales contemporáneos. Ella misma escribió en su diario: Me reconforta saber que no pinto un inventario, no pinto crítica social, no pinto utopías, ni una crítica de la sociedad, ni un estudio sociológico… Simplemente pinto líneas y su relación entre sí.

Anne Loch. AL 356, 1990. Colección privada. Fotografía: Dominique Udry, BernaAnne Loch. AL 356, 1990. Colección privada. Fotografía: Dominique Udry, Berna

Anne Loch. AL 356, 1990. Colección privada. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Aunque sus imágenes parezcan cercanas al kitsch a primera vista, su legado es serio y carece de ironía. Mediante la ampliación monumental de sus motivos, éstos pierden su vínculo con lo real: no emanan espontaneidad, sino la más precisa planificación y construcción. Gracias al extenso archivo fotográfico de la alemana, es posible rastrear que sus obras fueron precedidas por instantáneas preparatorias y que todas las decisiones compositivas ya las había tomado antes de aplicar la primera pincelada sobre el lienzo. Nada hay en ellos de banalidad, pese a lo cotidiano de sus temas: sus telas parecen irreales —de hecho, extrañas— y su fría artificialidad genera una sensación de distanciamiento. Contempladas, justamente, de lejos, los colores parecen saturados y los motivos resultan claramente reconocibles, pero cuanto más se acerca uno, más se disuelve la representación y el espectador se sumerge en la trama, que en algunos puntos brilla a través de la fina capa de pintura.

Podríamos sentirnos tentados a buscar significados e historias ocultas en esos motivos monumentales, pero la postura artística de Loch no se manifiesta tanto en lo que pinta como en su modo de hacerlo. Volvemos a sus confesiones: No tengo historias internas que contar, nada quiere salir de mí, tomar forma. Este impulso me llega de mis motivos. Al igual que necesito, digamos, la mirada de un hombre para sentir ganas de besarlo. Si sucede, es otra cosa, se vuelve natural, como pintar. En la pintura ya no hay motivo.

Anne Loch. AL 213, 1987. Legado de anne Loch. Fotografía: Dominique Udry, BernaAnne Loch. AL 213, 1987. Legado de anne Loch. Fotografía: Dominique Udry, Berna

Anne Loch. AL 213, 1987. Legado de Anne Loch. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Anne Loch. AL 235, 1987. Legado de anne Loch. Fotografía: Dominique Udry, BernaAnne Loch. AL 235, 1987. Legado de anne Loch. Fotografía: Dominique Udry, Berna

Anne Loch. AL 235, 1987. Legado de anne Loch. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Al perder, los objetos y seres que pinta, todo nexo con su contraparte real, sus composiciones no pueden calificarse como abstractas o figurativas, como testimonio de lo real o de lo soñado. Concebía la disciplina pictórica como una forma autónoma de ver y experimentar, en lugar de como una mera plasmación, fidedigna o no, del mundo. De ahí que el interés vigente de la obra de Loch resida, en gran medida, en que su pintura no da respuestas sino que nace para plantear preguntas: sobre el estatus de la imagen, la fiabilidad de la visión y la evitación deliberada del ofrecimiento de significados.

Entre las pocas personas con las que Anne Loch mantuvo contacto tras establecerse en Suiza se encontraron André Born y Peter Spahr. Fueron ellos quienes, tras su diagnóstico de cáncer, la atendieron hasta su fallecimiento y a quienes legó sus creaciones, motivo por el cual el legado de la artista se encuentra hoy en Berna.

Anne Loch. AL 279, 1989. BKW Energie AG Bern. Fotografía: Dominique Uldry, BernaAnne Loch. AL 279, 1989. BKW Energie AG Bern. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Anne Loch. AL 279, 1989. BKW Energie AG Bern. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Anne Loch. AL 1438, 2010. Legado de Anne Loch. Fotografía: Dominique Uldry, BernaAnne Loch. AL 1438, 2010. Legado de Anne Loch. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

Anne Loch. AL 1438, 2010. Legado de Anne Loch. Fotografía: Dominique Uldry, Berna

 

 

«Anne Loch. Malerei: Na und?»

ZENTRUM PAUL KLEE

Monument im Fruchtland, 3

Berna

Del 18 de julio al 20 de septiembre de 2026

 

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