Nota del editor: Wendy Guerra es escritora cubanofrancesa y colaboradora de CNN en Español. Sus artículos han aparecido en medios de todo el mundo, como El País, The New York Times, el Miami Herald, El Mundo y La Vanguardia. Entre sus obras literarias más destacadas se encuentran “Ropa interior” (2007), “Nunca fui primera dama” (2008), “Posar desnuda en La Habana” (2010) y “Todos se van” (2014). Su trabajo ha sido publicado en 23 idiomas. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora. Mira más en cnne.com/opinion

(CNN Español) — Ser artista y vivir en comunión con otro creador resulta un gran reto.

Amar, fundar, alimentar y ser alimentado intelectualmente por tu pareja es inevitable. Polemizar y discursar trazando reglas éticas, sin dañar el nexo sentimental, resulta una de las grandes apuestas que acarrea la convivencia amorosa.

Para salir airoso del proceso, se necesita dejar atrás el ego, cultivar la paciencia y apelar al equilibrio sentimental, logrando un ambiente sano en los rituales de pareja. No es ningún secreto que en el mundo del arte y del espectáculo existe una explícita competencia entre los creadores, pero, cuando se trata de un matrimonio, esa cruda carrera de resistencia termina por horadar la relación.

¿Quién no ha leído, regalado y citado esa célebre obra de la literatura universal: El pequeño príncipe, escrita por Antoine de Saint-Exupéry? Pues bien, de acuerdo a ciertos estudios académicos, artículos de prensa y testimonios, el origen de esta famosa obra se desprende de la compleja relación entre Saint-Exupéry, y quien fuera su esposa por trece años: Consuelo Suncín Sandoval Zeceña.

Todo esto se narra con pelos y señales en su volumen: “Memorias de la rosa”. En el manuscrito encontrado por pura casualidad en 1979 y editado post mortem en el año 2000, Consuelo nos confiesa ser la inspiración de la obra de Saint-Exupéry, incluso, la depositaria de ideas esenciales del libro. Nacida en 1901 en El Salvador, Suncín Sandoval Zeceña, se educó entre San Francisco, Ciudad de México y Francia. La presunta coautora, conoció al escritor de “El principito” en 1930, siendo viuda, y para varios críticos, dicha historia, recrea el relato de la abrumadora y compleja relación entre ambos.

Un cuaderno y un dibujo que perteneció a Antoine de Saint-Exupéry (REMY GABALDA/AFP via Getty Images)

Al terminar consternada la lectura de sus páginas, y habiendo leído varias veces El pequeño príncipe, te percatas de que, según su versión, ella es “la mujer” pero también, “la rosa” y en lo adelante, no lograrás separar las ideas de las inspiraciones, y otorgar, con justicia, a cada quién, su parte en la autoría.

Conservar nítida nuestra identidad, es uno de los grandes retos de quienes elegimos convivir con otro artista. El conocimiento puede expandirse en la cotidianeidad hasta volverse una dilatación de nuestro yo en el otro, provocando que el intelecto pase a ser fuente de un reservorio colectivo. Durante la convivencia doméstica, nos vamos fundiendo uno en el otro. Gustos, intereses, estilos comienzan a emparentarnos.

En el año 2017, la Asociación Nacional de Editores de Música británica determina incluir a Yoko Ono como coautora del tema Imagine. Esta trascendente decisión se toma cuarenta años más tarde de su lanzamiento, al tener en cuenta las palabras de Lennon, recogidas en un clip, diciendo que Imagine «debía ser acreditada como Lennon-Ono». Dicho video pertenece a una entrevista que concediera el propio John, en 1980, poco antes de su muerte, en la que insiste en la «influencia e inspiración» de su esposa, la artista visual Yoko Ono, durante el proceso de composición. Si nos detenemos a escuchar la letra notaremos la plasticidad de las imágenes y la secuencia cíclica que emparenta esta canción, con el mundo performático y visual de la artista japonesa. El poema de Yoko que inspira esta pieza pertenece a su libro de instrucciones Grapefruit.

John Lennon y Yoko Ono en 1969. (Express/Express/Getty Images)

«Imagina las nubes goteando. Cava un agujero en tu jardín para ponerlas».

Pasas demasiado tiempo con tu pareja y comienzas a entender su universo, ingresas a él, lo integras y puedes apropiarte de los sistemas simbólicos. Una vez que esto ocurre, se hace difícil separar las ideas.

Al final de la noche, cuando recoges las copas vacías y pones a lavar los manteles, te preguntas de quién fue la idea de aquella canción o de aquel poema trasnochado.

Entre dos cuerpos desnudos y dos mentes creativas discurriendo a la velocidad de lo cotidiano ¿será posible evitar que nuestras ideas no se mezclen o fusionen? ¿Tendrá esto consecuencias postreras en nuestro legado?



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