Koreeda. MonstruoEn el Rashōmon de Akira Kurosawa (1950), la violación de la esposa de un samurái y el asesinato de este se narraban a través de cuatro testimonios: los de la propia esposa, el bandido que la violenta, el samurái y un testigo; este último aparecía en la película en su inicio y su final, aportando contexto y desenlace. Solo tras escuchar los cuatro puntos de vista en torno a esos sucesos el espectador podía encontrar las claves humanas del relato: la falta de uno de ellos, o la adopción de un único enfoque, hubieran convertido esa obra en un filme completamente diferente.

Una estructura semejante, en este caso con tres testimonios, maneja Hirokazu Koreeda en su última película, de fondo tan humanista como el resto de las suyas (y como Rashomon): Monstruo. A través de las vivencias de la madre en solitario de un niño en el tránsito a la adolescencia (Sakura Ando), de la experiencia del propio crío (Soya Kurokawa) y de la de un profesor de su escuela (Eita Nagayama), nos transmite la visión caleidoscópica de un hecho que constantemente se nos invita a sospechar pero que nunca se demostrará: el supuesto maltrato del maestro al chico, en un estado psicológico precario. Las experiencias de cada uno en torno a esa teórica violencia, que en la mayor parte del metraje nos resulta tan evidente como invisible, difieren por completo, de modo que, una vez más, solo el puzle de las tres da sentido al conjunto; las unen ciertos momentos de encuentro en la trama, además, claro, de su contexto espacio-temporal muy concreto y, propenso, quizá, a la invención y el rumor: una pequeña ciudad japonesa, un temporal de lluvia inclemente, el incendio de un edificio que alberga un bar de señoritas.

Ninguno de los tres (madre, hijo y profesor) albergan malas intenciones hacia el resto, pero entre ellos y en el colegio se pone en pie una gigantesca confusión alimentada por las medias verdades expresadas por los niños y los silencios del resto de los profesores que, atendiendo a sus severos modales nipones, cuya rigidez critica abiertamente el cineasta, no se atreven a contradecir a la madre del alumno; tampoco a ofrecer ninguna explicación. Hori, el maestro, habría insultado gravemente y pegado al pequeño, que presenta heridas cuyo origen los adultos desconocen; la idea queda reforzada por el hecho de que ha sido visto con una supuesta prostituta y por la actitud del niño, evasiva y silenciosa. Como en La caza de Thomas Vinterberg, trama en la que una sospecha de abuso infantil tumba a un cuidador inocente, las apariencias se convierten en piedras contra una reputación; unos pocos detalles descontextualizados conducen a su despido y a su cancelación pública, incluso cuando sus compañeros y la directora del centro son bien conscientes de la ausencia de culpabilidad.

Todo se enrevesa hasta que el espectador descubre que el origen de las falsas creencias es muy complejo, no tiene un único responsable sino muchos, y hunde sus raíces en el rechazo atávico y generalizado hacia el diferente y en la voluntad de proteger amistades en la etapa en que estas son más verdaderas. El desenlace de Monstruo resulta casi tan conmovedor como el de Rashomon, con su evocación de la potencia de las ilusiones infantiles, la puesta a prueba de la verdadera naturaleza de Hori, el sacrificio de su madre y una música que, inarmónica y apenas presente en este trabajo salvo en sus últimos compases, se convierte en instrumento de libertad.

Menos dulce que sus filmes anteriores (Un asunto de familia; De tal padre, tal hijo), aunque sin despegarse del que es uno de los grandes asuntos de la carrera de Koreeda, el de las relaciones familiares, Monstruo es fundamentalmente un llamamiento contra la lectura fácil y la opinión rápida.

Koreeda. Monstruo

 

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