La novela de Herman Melville es una de sus obras más reconocidas, pero concebir esta aventura marítima, alberga también una odisea que fue protagonizada por el propio autor. Su experiencia a través de las aguas del Atlántico y los mares del sur, le sirvieron de escenario para esta novela, que escribió a mediados del siglo XIX.

Las correcciones de Moby Dick se mezclan con los propios abismos y obsesiones de Melville, que para esa época ya estaba sumergido en el alcohol para aminorar sus propios temores. El autor se había retirado a una granja de Arrowhead en Massachusetts, pero sus cartas a Nathaniel Hawthorne demuestran sus inquietudes.

Herman Melville no sólo compartió con Hawthorne algunos adelantos de Moby Dick, también le dedicó al autor de La letra escarlata esta obra, hablando en sus palabras preliminares acerca de la gran admiración que sentía por el trabajo de su colega.

Es difícil seguir el rastro de las relaciones epistolares que Melville entabló con otras personas o escritores. Siempre se mostró muy taciturno y la historia sólo ha dado con unas trescientas cartas que le son atribuidas, una cifra sumamente pequeña si se la compara con las 12.000 cartas que escribió Henry James, por ejemplo.

Melville tenía la costumbre de quemar cada carta apenas la recibía, pero esta acción, que terminó borrando una parte importante de sus hechos y relaciones biográficas, no impidió que la historia involucrara al creador de Moby Dick con Hawthorne desde una perspectiva más íntima o incluso amorosa, pues la amistad entre ambos no tuvo precedentes.

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