Madrid,

La última gran exposición de Lucian Freud en Madrid tuvo lugar en 1994: la ofreció el Museo Reina Sofía, en colaboración con la Whitechapel Gallery, y hacía hincapié en su uso de la luz con valor compositivo, bajo la influencia de referentes clásicos como Frans Hals, Rubens y Velázquez, y en su mirada hacia la Nueva Objetividad, corriente de la que algunos críticos le han considerado heredero. Ahora, casi treinta años después, el regreso del británico a la capital lo acoge el Museo Thyssen, que como explicó Guillermo Solana en la presentación de esta nueva antología llevaba tiempo buscando dedicarle una muestra y encontró la ocasión al convertirse en partner de la que la National Gallery de Londres le brindó con motivo de su centenario, organizada además junto al Archivo Lucian Freud.

La retrospectiva que ha abierto sus puertas en Madrid se corresponde, por tanto, con la que hace solo unas semanas finalizó en Reino Unido, salvo algunas variaciones de obras que se han retirado y algunas otras que se han sumado (son muchas las pinturas de este autor que forman parte de colecciones particulares). Bajo el comisariado en Madrid de Paloma Alarcó, el proyecto ha querido plantear una lectura nueva de su producción, en la que el personaje público (y su vida privada) queden por detrás del artista y la atención a la carne mórbida no oculte el contenido humano de su trabajo, en el que caben además -señaló la jefa de Conservación de Pintura Moderna del Thyssen- la dignidad y la ternura.

Es Freud, seguramente, uno de los artistas contemporáneos más vinculados a los fondos del Thyssen: este es el único museo español en contar con producción suya, cinco obras, y allí ha formado parte de hasta cuatro exposiciones (contó con una sala propia en “El espejo y la máscara” y se dedicó una pequeña exhibición a su relación con el barón Heinrich, centrada en su retrato con un Watteau al fondo, que llevó al británico a desarrollar después otras piezas inspiradas en el pintor francés). Atento a maestros como él, y buen conocedor de los museos históricos (decía que iba a la National Gallery como quien acudía al médico a pedir ayuda), el nieto de Sigmund Freud se mantuvo intencionadamente ajeno a movimientos y etiquetas, optando por convertir la fisicidad humana en el centro de su trayectoria y al margen de parámetros conceptuales. De ahí que retratos, autorretratros y desnudos fuesen sus géneros más cultivados, y que trabajase siempre del natural y de forma meticulosa y pausada (en procesos muy distintos a los de su amigo Francis Bacon, a quien pintó en una de las telas que han viajado a Madrid, aunque ambos pretendieran la intensificación de lo real).

Lucian Freud. Muchacha con rosas, 1947-1948. Cortesía de The British Council Collection. © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images
Lucian Freud. Muchacha con rosas, 1947-1948. Cortesía de The British Council Collection. © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images

Planteada conforme a un recorrido a la vez cronológico y temático, la exhibición se inicia introduciéndonos en su etapa de aprendizaje y búsqueda de rumbos propios; era el tiempo en que Freud se matriculaba en escuelas de arte que una y otra vez abandonaba. Tempranos retratos hieráticos que por su minuciosidad beben del primitivismo y el Renacimiento del norte, con capas muy elaboradas sobre fondos planos, frontales y portando atributos en sus manos (como Muchacha con rosas, 1947-1948), darán paso a imágenes de pincelada más suelta y empastada, en una evolución que correría pareja a la de su propia posición trabajando: primero sentado, y velando por el detalle; después de pie y moviéndose, confiriendo una frescura distinta a los trazos (el cambio lo satisfizo, porque no volvió a tomar asiento).

Aquel periodo inaugural de su carrera podemos considerar que culminaría con los retratos que realizó de su segunda esposa, Caroline Blackwood, en la primera mitad de los cincuenta, y con una perturbadora Habitación de hotel que respondía a un episodio de su vida personal y que llevó a la Bienal de Venecia en 1954; en adelante utilizaría pinceles más gruesos y desplegaría composiciones menos encorsetadas, aunque sin perder una precisión y una atención al detalle con las que buscaba captar la esencia de sus modelos. Estos solían ser cercanos (amigos, amantes, sus hijos) y su relación con ellos en ocasiones se refleja en sus obras; fueron escasos, pero los encontraremos en el Thyssen también, los que llevó a cabo por encargo de comitentes normalmente poderosos que le ofrecieran cierta confianza y respeto, como el propio barón Thyssen -contemplaremos los dos retratos que le dedicó, uno de ellos de cuerpo entero y donado por su hija Francesca al Museo con motivo de esta muestra-, los Rothschild, Acquavella… Las figuras parecen brotar a veces de las mismas pinceladas, más que estas responder a su fisionomía: todo emerge en Freud de la materialidad de la pintura.

Él mismo se tomó como modelo en un buen número de composiciones, espejo mediante: a este centro pertenece Retrato con dos niños, donde su enorme figura en contrapicado contrasta con el mínimo tamaño dado a sus hijos, pero lo veremos también en un primer plano estático en una imagen de 1940, junto a una hoja de cardo, un jacinto en una maceta, en un dibujo a tinta y lápiz sobre papel, o ya anciano, en dos óleos de 2002.

Lucian Freud. Reflejo con dos niños (Autorretrato), 1965. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023/ Bridgeman Images
Lucian Freud. Reflejo con dos niños (Autorretrato), 1965. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023/ Bridgeman Images

Otros retratos en la muestra quedaron inacabados; fue una decisión deliberada del artista y, de su mano, podemos saber más de sus mecanismos compositivos: apreciaremos que la ejecución de sus trabajos se basaba en la acumulación, y que partía del centro de los lienzos para avanzar después hacia los laterales.

El apartado más extenso de esta retrospectiva lleva por título Intimidad, la que compartió el pintor con quienes participaban en esas largas sesiones de posado, más allá de que afectos y desafectos, amistades y amores tortuosos se transluzcan en mayor o menor grado en estos lienzos: en ocasiones sí se transmite esa cercanía que lo unía a los modelos (en los retratos de Michael Andrews y su esposa June, Angus Cook y Cerith Wyn Evans, el lleno de humor Gran interior, Notting Hill o el de Hombre con camisa azul, en el que pintó a George Dyer, que fue pareja de Bacon); en otros, los de sus parejas, esa sensación es menor e incluso translucen cierta frialdad.

Lucian Freud. Bella y Esther, 1987-1988. Colección privada © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images
Lucian Freud. Bella y Esther, 1987-1988. Colección privada © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images

Y cuentan con un capítulo propio los mencionados retratos de poderosos que quisieron que Freud los llevara al lienzo, aceptando, eso sí, severas condiciones en la forma y duración de los posados, que siempre se desarrollaban en el estudio del pintor y no donde los mecenas eligieran. Suelen aparecer en actitud ensimismada, sentados y apoyando los brazos sobre su silla o sillón, y será interesante fijarnos en sus manos, siempre habladoras y seguramente capaces de expresar su grado de comodidad.

Hemos dicho que siempre quiso el británico trabajar en su estudio, que, efectivamente, termina por hacerse familiar al espectador. En los ochenta lo convertiría, no solo en escenario, sino también en tema, imponiéndole sus reglas compositivas, con su entarimado en perspectiva ascendente, su costra de empastes al óleo y un mobiliario cuyo desgaste es posible percibir lienzo a lienzo.

Lucian Freud. El cuarto del pintor, 1944. Colección privada © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images
Lucian Freud. El cuarto del pintor, 1944. Colección privada © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images

De ese espacio también contemplaremos fotografías de David Dawnson, en el epílogo de la muestra, que finaliza, cómo no, con carne hecha plasticidad. La comisaria entiende estas piezas, más que como desnudos, como retratos desvestidos (en castellano no contamos quizá con términos adecuados para distinguir los conceptos de nude y naked): no recurría a modelos profesionales, considerando que en ellos la piel ya era vestimenta, sino a personas de su entorno que, al desprenderse de su ropa, quedaban verdaderamente despojados, vulnerables. Se ha insistido en que su mirada hacia ellos fue inmisericorde, despiadada: para Alarcó, sobre todo, viene a incidir en nuestra fragilidad y en los efectos del paso del tiempo, estos sí crueles. Le importó captar la textura de las carnaciones y buscar que el pigmento expresara carnalidad, sin temer perturbar, más bien pretendiéndolo; quería ser subversivo, incisivo y convincente.

En ocasiones, la piel muy humana contrasta con la animal: perros y caballos están muy presentes en su producción, que también capta a veces la familiaridad con sus dueños, como ocurre en la última obra en el Thyssen, que también fue una de las últimas del autor: Retrato del lebrel (2011).

Lucian Freud. Doble retrato, 1985-1986. Colección privada. © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images
Lucian Freud. Doble retrato, 1985-1986. Colección privada. © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images
Lucian Freud. Tarde en el estudio, 1993. The Lewis Collection © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images
Lucian Freud. Tarde en el estudio, 1993. The Lewis Collection © The Lucian Freud Archive. Todos los derechos reservados 2023 / Bridgeman Images

 

 

Lucian Freud. “Nuevas perspectivas”

MUSEO NACIONAL THYSSEN-BORNEMISZA

Paseo del Prado, 8

Madrid

Del 14 de febrero al 18 de junio de 2023

 

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