Ryûsuke Hamaguchi. El mal no existeHace tres años, en 2021, Ryûsuke Hamaguchi nos sorprendió a casi todos para bien presentando, en menos de doce meses, dos películas con poco que ver entre sí, en el fondo y en la forma, y capaces de atrapar al espectador por sus caminos muy distintos: La ruleta de la fortuna y la fantasía, una triada de relatos amorosos en torno al azar y al arrepentimiento, y Drive my car, el encuentro en torno a Tío Vania, de Chéjov, de un actor y una chófer cuyos respectivos pasados se dejaban notar en silencios casi constantes.

Como Hamaguchi ha explicado en varias entrevistas recientes, la compositora Eiko Ishibashi, que puso música a este último filme, le pidió que trabajara en la creación de imágenes que debían acompañar la presentación de un espectáculo musical, y que por tanto debían carecer de guion, que no podría escucharse. El cineasta decidió dedicar ese proyecto a explorar las relaciones entre individuo y naturaleza cuando el encuentro entre ambos es posible y esa filmación daría lugar tanto a la obra que acompañó las creaciones de Ishibashi, llamada Gift, como a su propia película, El mal no existe, que cuenta igualmente con la música de esta autora japonesa, también cantautora.

Es fácil pensar que el inicio de este último trabajo, un extenso travelling para una sucesión, aparentemente sin fin, de copas de árboles enmarañadas que caprichosamente dejan pasar o no la luz del sol, con una composición sonora de fondo tan bella como enredada, surge de manera directa de esa invitación y que, a partir de ella, Hamaguchi vertebró la trama de esta película, un recordatorio y una defensa de la vida rural y su belleza cuyo desenlace, inesperado, pone de relieve cómo quienes habitan inmersos en el medio natural lo hacen sometidos a sus reglas -una lógica interna en la que, como reza el título, no hay sucesos buenos o malos sino hechos consumados- y no solo a su bucolismo. Es ese travelling primero el que marca el eje de esta obra: en lo formal, porque la calma del paisaje determina el ritmo de las acciones que hacen avanzar la película, y en lo argumental, porque ese paisaje adquiere un rol protagonista mayor que el de cualquiera de los actores.

La mayor parte de estos últimos son habitantes de un pueblo próximo a Tokio cuyos oficios están ligados al agua, los árboles, los recursos de este lugar. Uno de ellos es Takumi (un contenido Hitoshi Omika), hombre para todo de carácter solitario que se transforma en alguien mucho más luminoso en presencia de su hija pequeña Hana (Ryô Nishikawa), aficionada a regresar a casa sola caminando por el bosque cuando su padre tarda al recogerla de la escuela; sabemos que la ama, pero también que nada le ha disuadido de seguir sus propios tiempos. Hamaguchi ha confesado que Víctor Erice se encuentra entre sus referentes y que alguno de los planos de El mal… remite a El espíritu de la colmena; muy probablemente aluda a esos instantes en que la niña se detiene a contemplar el cielo entre los árboles, sus sonidos.

Gracias a Drive my car sabemos que el director hubiese podido formular una película poética y completa con esos mimbres, pero opta por esquemas clásicos al idear una sacudida, acorde a los tiempos, en la vida plácida de esta localidad: la instalación de un glamping (un camping de lujo apto para quienes quieren acercarse al campo pero no demasiado, parece ser). Y con él, de una fosa séptica que puede poner en peligro las aguas, entre otras incidencias posibles para un pueblo cuya población no es mucho mayor que la capacidad de acogida de esas cabañas. Lo más interesante de este giro de la trama será apreciar el noqueo de los dos empleados de la empresa encargada al enfrentarse a las dudas razonables de los perjudicados, su incapacidad para esquivarlas pese a -está claro- haber sido entrenados para ello. Finalmente ambos, más que subalternos y hastiados de su trabajo, terminarán acercándose al modo de vida de sus nuevos conocidos con una curiosidad que empezará a convertirse en seducción, incluso pese al esfuerzo físico necesario para cortar leña y cargar bidones de agua.

La misma seducción por el entorno experimenta Hana, que no ha dejado de mirar alrededor con hambre de encontrar secretos por más que recorra cada día las mismas sendas: ha percibido que entre los árboles habita algo fundamental y que ella es parte de su orden; la generosidad y el lado cruel del ecosistema acaban calando -apunta Hamaguchi- en quienes se involucran en él. Además de inesperado, como dijimos, el cierre de esta película es siniestro, el otro ingrediente de lo sublime junto a lo bello. El japonés ha adquirido muchas destrezas en las sorpresas y las vueltas de tuerca.

Ryûsuke Hamaguchi. El mal no existe

 

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