La primera producción cinematográfica propia de la historia de Birmania es del año 1910. Se trataba de una grabación del funeral de Tun Shein, un conocido político de la época, y se rodó con una cámara de segunda mano. El nivel era tal que, con plena autoconsciencia, antes de su proyección un cartel avisaba al público «Por favor, acepten nuestras disculpas por la baja calidad de la película». Más allá de la anécdota, se considera que la primera cinta «de verdad» de diez años después, con ‘Amor y licor’, que trataba sobre los problemas del alcohol y las apuestas. El día de su estreno, el 13 de octubre, es, de hecho, el Día del Cine Birmano.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces, y no se puede decir que el cine del país haya terminado nunca de despegar, ser reconocido en festivales o ganado premios internacionales. Y la culpa es de los diferentes gobiernos que han ido emponzoñando Birmania. A su manera, y gracias a los VHS y las películas de bajísimo presupuesto, el cine birmano parecía sobrevivir a duras penas través de los diferentes conflictos del país, que lo entendían como una manera más de hacer simple propaganda.

Pero en 1988 todo cambió con un golpe de estado que puso el país en manos de los militares y marcó sus siguientes décadas. Como leemos en Los Angeles Times, «nadie ha tenido libros para leer en los últimos 40 años, ¿cómo van a hacer buenas películas?». El sueño de tener una industria propia se desvaneció a medida que el cine pasó a tener un durísimo mecanismo de censura que dura hasta nuestros días.

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Más vale Birmaña que fuerza

Aunque la cinematografía birmana parecía haberse expandido tanto en número como en temática en los últimos años (incluso se realizó su primera película LGBT en 2016, ‘The gemini’), antes de la nueva guerra interna, la censura sigue estando encima de la mayor parte de los estrenos tanto propios como extranjeros, de los que pueden quitar varios minutos sin mucho problema… o incluso borrar películas completas.

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Aunque, en realidad, llegaba tan poco cine blockbuster que desde 2002 a 2012 ni siquiera hubo una sola premiere extranjera en el país. Se estrenaban los viernes, se quitaban cuando no daban dinero, e iban directas al mercado de vídeo (principalmente pirata). Fue James Cameron quien rompió el molde haciendo la primera presentación en una década en los cines de Yangon con ‘Titanic 3D’. Obviamente, eso no significa que la gente no se buscara la vida: como digo, las calles estaban (y están) repletas de películas piratas de distintos países pese a la dura censura que dificulta el uso de Internet y las descargas.

A inicios de siglo, el cine extranjero se estrenaba, sí, pero muchas veces de tapadillo. No fue el caso de ‘Los Simpson: La película’, que la censura consideró absolutamente imposible de mostrar a los ciudadanos. El motivo no era que Bart apareciese desnudo o que se considerase perniciosa. Al fin y al cabo, podrían haber eliminado esas escenas sin demasiado problema. Pero no había manera de pasar por alto la yuxtaposición de los colores amarillo y rojo (en, por ejemplo, los trajes de Bart y Lisa) a lo largo de toda la película.

Multiplícate por cero

¿Y qué pasa con esos dos colores? Por aquel entonces, el grupo rebelde por antonomasia en el país era la Liga Nacional de la Democracia, cuya bandera mostraba, precisamente, los colores rojo y amarillo. Por tanto, y sin pretenderlo de ninguna manera, la Junta decidió que ‘Los Simpson’ incitaba a la violencia. Es posible que estés pensando que la bandera de Birmania también tiene los colores rojo y amarillo, pero la diferencia es que tienen una franja verde en el centro, mientras que la de los rebeldes era tan solo bicolor.

Mayor fue el problema que se encontró ‘John Rambo’, la cuarta parte de las aventuras de Sylvester Stallone de 2008, que ilustraba los problemas del régimen en Birmania. De hecho, el actor y director dijo que pretendía que la película inspirara a la gente a rebelarse contra la Junta. Por supuesto, el enfado de esta fue mayúscula y trataron de penar a todo el que la tuviera en su mano de una u otra manera: los videoclubs tuvieron que poner un cartel anunciando que no tenían disponible la película y, si pillaban a alguien vendiéndola por la calle, le podían caer hasta siete años de cárcel.

Actualmente, no nos llamemos a error, Birmania es un país peligroso y con eternos conflictos internos en el que su último problema es el cine. Pero, aún a riesgo de sonar naíf, se siguen estrenando películas, e incluso los blockbusters más exitosos acaban llegando. Por ejemplo, ahora mismo, en la cartelera de Mingalar, la cadena más conocida, tenemos ‘Bad Boys: Ride or die’ y ‘Los vigilantes’ entre otras locales -rodadas normalmente en un periodo de 72 horas-, chinas, tailandesas o hindúes. Por su parte, la gente continúa utilizando el negocio de DVDs piratas, pero también se han modernizado, con páginas web piratas al estilo Netflix absolutamente piratas o mediante links en Facebook.

No todo en el cine puede tener -de momento- un final feliz.

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