Luego del éxito de la exposición del Bosco en el Museo del Prado y la gran acogida que ha tenido la muestra de Velázquez y Murillo en Sevilla, donde las entradas se agotan con mucha anticipación, podemos comprobar que los clásicos nunca mueren, y que los más grandes pinceles del arte universal siguen ganando la admiración y el respeto del público.

Diego Velázquez, conocido por obras como Las Meninas y Las lanzas (ambas pertenecientes a la colección permanente del Museo del Prado), se caracterizó por ser uno de los grandes maestros del Barroco español, siempre al servicio de la corona de su nación, ostentando el título de“pintor de corte”, que si bien simplificó su vida, supuso una limitación por otro lado.

El maestro barroco español, que dejó un valioso legado junto a otros autores ibéricos como Zurbarán, Ribera y el antes mencionado Murillo, tuvo un breve período de exploración en el que pudo acercarse al arte pagano, apartándose de los encargos de la corte. De esta etapa surgieron obras como Los borrachos y La fragua de Vulcano, hermosas piezas inmortales.

Gracias a la exposición que protagoniza actualmente en Sevilla y a la llegada del libro Velázquez desaparecido de Laura Cummings, el autor sevillano sigue demostrando que su legado pictótico e histórico sigue intacto. El creador de Las Meninas, cuadro al que Michel Foucault dedicó una interesante interpretación, revive en esta novela histórica que gira en torno a uno de sus bocetos.

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