La noticia de que Bob Dylan es el nuevo Nobel de Literatura ha tomado por sorpresa a cientos. La Academia de Suecia ha querido premiar la habilidad del cantante al crear una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción, en un acto de irreverencia que para muchos es un síntoma.

Los más conservadores creerán que se trata de una broma pesada por parte de los eruditos de Estocolmo y que el Nobel de Literatura, tan cuestionado en los últimos años por su inclinación excesiva a los escritores de izquierda, o por elecciones en algunos casos injustificadas, terminó de sentenciarse con esta decisión, premiando a una figura del pop rock internacional.

Otros, aplauden la audacia de la Academia Sueca, viendo en este acto un pequeño acto de rebeldía que a su vez le manda a la comunidad literaria internacional un mensaje muy claro: los formatos están cambiando, y el Nobel lo tiene muy claro.

Algunos aplauden de pie que este año el ganador de esta medalla no sea un absoluto desconocido y que se trate de reconocer a la poesía en un nuevo formato.

Quizás David Bowie no pudo disfrutar de este giro inesperado del criterio de selección de un premio Nobel de Literatura, pero personas como Paul McCartney, que desde muy joven han sabido conjugar bastante bien la poesía con la música, aún tengan la esperanza de conseguir este reconocimiento.

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