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Eloísa Díaz Insunza

Este 25 de junio se cumplieron 160 años del nacimiento
de Eloísa Díaz Insunza, la primera mujer en titularse de Medicina en Chile y
América Latina. 

La fecha ofrece una oportunidad para revisar un legado que
trasciende su condición de pionera. Más que por ser la primera, Eloísa Díaz merece
ser recordada por haber demostrado que la educación puede cambiar el destino de
un país.

Cuando Eloísa ingresó a la Universidad de Chile en
1881 -con solo 15 años-, el acceso de las mujeres a la educación superior era
una conquista reciente. Solo cuatro años antes se había promulgado el Decreto
Amunátegui, que permitía a las jóvenes rendir exámenes de admisión universitaria. 

Pero la disposición habría quedado en letra muerta si nadie se hubiera atrevido
a dar el siguiente paso. Y esa fue Eloísa, que rindió un examen oral ante la
expectativa de toda una sociedad, no solo enfrentando el desafío de postular,
sino de cursar y aprobar la carrera con éxito. 

En la introducción de su tesis publicada en 1886, Eloísa
recordó que no bastaba con una disposición legal para cambiar la realidad. Era
necesario que una mujer estuviera dispuesta a someterse a las mismas exigencias
académicas que los hombres y a demostrar que esa confianza depositada en las
nuevas generaciones podía traducirse en un aporte real al país. 

Por eso
agradeció a sus padres, quienes tuvieron la convicción de ofrecerle una
formación rigurosa en tiempos en que muchos consideraban innecesario educar a
las mujeres más allá de lo indispensable.

Esa reflexión mantiene vigencia. Con frecuencia
tendemos a evaluar la educación desde una lógica individual: mejores empleos,
mayores ingresos o desarrollo personal. Todo eso es valioso, pero la historia
de esta mujer recuerda que la educación posee una dimensión pública; que la
formación de una persona puede impactar en beneficios de miles.

Tras obtener su título, Eloísa orientó su trabajo a dos
ámbitos sensibles: mujeres e infancia. Estudió problemas ginecológicos poco
abordados en su tiempo, impulsó campañas de vacunación escolar, promovió
colonias de vacaciones para niños vulnerables, fomentó la creación de jardines
infantiles y lideró iniciativas contra la desnutrición. 

De hecho, fue una de
las principales impulsoras de los programas de alimentación escolar en Chile,
convencida de que ningún aprendizaje podía prosperar en contextos de hambre.

Su trayectoria demuestra que la inclusión no se reduce
a permitir el acceso a espacios antes vedados, sino al impacto que puede
generar. La inclusión se realiza en esas nuevas preguntas, perspectivas y
soluciones que surgen cuando más personas participan y se comprometen con la
construcción de la sociedad.

Eloísa Díaz aprovechó una oportunidad que generaciones
anteriores no habían tenido. Lo hizo estudiando con rigor, superando obstáculos
y destacando por sus méritos académicos. Y cuando obtuvo su título, entendió
que ese privilegio implicaba también una responsabilidad; que su derecho suponía
un deber. Por eso dedicó su vida a mejorar las condiciones de salud y educación
de niños y mujeres chilenas.

Por María Gabriela Huidobro, académica
 UNAB y decana Asociada EHE,
Tecnológico de Monterrey.

Eloísa Díaz Insunza cruzó una puerta, pero lejos de
atravesarla sólo para su beneficio, contribuyó a construir un país mejor para
quienes vendrían después.

Esta semana, en que la revisión del SAE ha instalado
un nuevo debate sobre acceso e inclusión educativa, los 160 años del natalicio
de Eloísa Díaz Insunza nos invitan a recordar el propósito último de la
educación. 

Ella entendió que estudiar era más que una forma de realización
personal: era una oportunidad para contribuir al bien común. Su legado
demuestra que una política pública alcanza su verdadero sentido cuando
encuentra personas dispuestas a aprovecharla con mérito y a devolver al país,
multiplicada, la oportunidad recibida.
 

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