Aun cuando el espacio privado suele interpretarse como la manifestación de un individualismo mal entendido, en realidad se trata de un ámbito necesario para la conformación del espacio público. Un amparo para la intimidad, condición previa e ineludible para la construcción de una vida verdaderamente pública.
Marcelo Cox es un joven arquitecto chileno que ha trabajado en oficinas de su país y de Barcelona y que, en un breve ensayo, publicado por Puente Editores, plantea lazos sugestivos entre la arquitectura monástica y la vivienda moderna trazando, además, un cierto recorrido histórico por la evolución de la consideración de la intimidad en el contexto del monacato y a lo largo de los siglos.
Su trabajo se llama Ora et labora y parte de la noción, propuesta por Hannah Arendt, de que la modernidad se construyó a partir de la inversión de la jerarquía que establecía en el pasado que la vida contemplativa era superior a la activa. Según sus teorías, cuando la acción pasó a entenderse como forma superior de existencia frente a la oración y la meditación quietas, éstas últimas dejaron de considerarse como fuentes únicas de acceso a la verdad y como formas deseables de existencia, pero, atendiendo ahora sí a los postulados de Cox, ello no implicó que las arquitecturas de los monasterios (y en relación con ellas, de las formas de vida dentro desplegadas) no tuvieran su impacto en las de la sociedad secular. Se centra en la ordenación del trabajo, la necesidad de mantener una vida reglada (una rutina que preserve la armonía) y, especialmente, unas normas de relación entre lo común y lo personal o, en un sentido más general, entre lo privado y lo público en ese ámbito de lo monástico donde, a priori, ambas esferas más podrían llegar a fundirse.
Comienza Cox refiriéndose a los eremitas, quienes primero cultivaron la vida solitaria para alejarse de la mundanidad y encontraron una forma de conocimiento no tanto en el pensar como en el mirar. Algunos de ellos, como Simeón el estilita, se valieron de columnas o pedestales para alcanzar un grado aún mayor de ascetismo; el autor vincula esas elevaciones con los claustros más tardíos en tanto que instrumentos para el alejamiento de un exterior donde existen amenazas.
Posterior sería la fundación de comunidades, en principio verdaderas aldeas en las que el día a día giraba en torno a la oración y el trabajo, pero también, desde la temprana orden de san Benito, en torno a la lectura. Cox establece nexos entre la distinción en los monasterios de espacios para el rezo y para la labor y la progresiva separación de la vida familiar y la productiva más allá de ellos, a partir de la irrupción de la industria moderna. Cuando el trabajo no se desempeñaba en casa, esta última devino refugio para la vida íntima y doméstica y así se ha mantenido, al menos, hasta la llegada de un teletrabajo que podría haber vuelto a disolver esas distancias.
Pero, hablando de la intimidad monástica, el arquitecto se refiere fundamentalmente al rol desempeñado por dormitorios, casas y celdas. Si el cenobitismo sustituyó al eretismo, y la vida en común a la solitaria entre los místicos, de manera definitiva a partir del Concilio de Toledo en el siglo VII, y en los monasterios benedictinos y cistercienses la esfera privada quedaba prácticamente eliminada al disponerse dormitorios comunales (los monjes componían un único cuerpo y como tal vivían y respiraban), progresivamente fue imponiéndose la necesidad del tiempo en soledad y esa evolución aquí se plantea como un camino interesantísimo y con ecos contemporáneos algo atrevidos, de Le Corbusier y su Unité d’Habitation a Sejima y sus viviendas para los de las empresas japonesas.
Cartujos y camaldulenses serían las órdenes que de forma más evidente encontraron en la soledad un camino espiritual, y Martín V el papa que permitió formalmente, en el siglo XV, la práctica ya instituida de las celdas individuales, pero en el camino destaca el ejemplo conmovedor de las monjas clarisas de Pedralbes. En los intersticios de su monasterio, entre sus contrafuertes o incluso en sus cubiertas, lograron hacer o hacerse construir, con materiales precarios, celdas de día que les procuraran intimidad (su dormitorio también era colectivo y lo fue hasta el siglo XX).
Según los estatutos de la orden cartujana, las celdas eran tan necesarias para la salud y la vida como el agua para los peces y el aprisco para las ovejas.
TÍTULO: Ora et labora. La invención de la intimidad
AUTOR: Marcelo Cox
EDITORIAL: Puente Editores
IDIOMA: Castellano
PÁGINAS: 139 pp
PRECIO: 11,90 euros
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