A noventa años de la muerte de Isadora Duncan, una de las figuras esenciales de la danza contemporánea, muchos han querido hacer un repaso sobre su controversial existencia, incluyendo no solo su etapa en Rusia, sino también las múltiples coreografías que marcaron su carrera como artista y que le valió críticas y elogios de variados círculos sociales.

Influenciada por el vaivén de las olas y por la belleza de los frisos griegos, Isadora Duncan fue una abierta enemiga del ballet de puntas y tutú que, para la época, se encontraba representado en la Rusia de principios del siglo pasado en la imagen de Pavlova y la batuta del maestro Petipa, trabajo que definía como la máxima expresión de la etiqueta zarista.

Isadora Duncan desarrolló una coreografía para La Internacional, que además interpretó con sus alumnas moscovitas para Lenin, instalado en el palco del Teatro Bolshoi. También llegó a improvisar una Marsellesa bailada que causó gran escándalo ante una audiencia de altos círculos sociales, con una desnudez parcial de su figura incluida.

Isadora Duncan, que siempre fue un espíritu libre, desarrolló coreografías revolucionarias, como las de El joven guardia o La canción del trabajo. Su muerte, que se produjo en Niza en circunstancias lamentables cuando su estola se enredó en el eje de la rueda trasera de un vehículo, impidió que Duncan publicara su texto acerca de sus vivencias en la URSS.

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